Paradoja del Día de muertos

En México estamos acostumbrados a celebrar el día dedicado a los fieles difuntos con fiestas llenas de colores, alegría, figuras extraordinarias y una enorme simpatía que emana de las memorias de esas almas, convertidas en personajes llenos de enseñanzas e imágenes de algarabía. Se trata de una fiesta y hay que celebrarla.
 

Sin embargo, cuando nos enfrentamos con la muerte, y no rigurosamente de seres queridos, ni de azúcar, sino de personas comunes y corrientes como nosotros a quienes en frecuentes ocasiones, ni siquiera los conocemos pero que coincidimos, en este tramo de vida que nos toca recorrer; resulta que lo jocoso y celebrativo de la fiesta más auténtica que tenemos, amenaza con esfumarse cuando la muerte pierde la gracia de la calaca y nos arroba el corazón con el dolor y el eco de la ausencia de verdad, profunda, imposible de remediar y llena de un frío que paraliza eso que llamamos ánimo y que sin embargo, en ocasiones especiales, como esta vez, hay que rescatarlo y obligarlo a relucir de nuevo.

 

Imposible cerrar los ojos ante la desgracia volcada en tantas calles, tantos rumbos de la ciudad sin distingo de ingresos ni protocolos. Los motivos son variados y siempre hay una manera de echarle la culpa a alguien, en esta desesperación de repartir y aminorar la carga de dolor frente a lo imposible de cambiar. Pero lo que si podemos hacer, es abrir los ojos y mirar con esperanza.

 

Es la primera vez en la CDMX, en la que el desfile de las hermosas calaveras, llevará un sabor amargo mezclado con los colores y personajes de siempre, que esta vez están privados del verdadero lustre de la alegría. La fiesta en realidad, ahora, ha sido un frenesí que empieza triste y esperemos que acabará feliz.

 

Los grandes héroes de tan agridulce ocasión serán los rescatistas y sus inenarrables amos –porque ellos son los amos- llenos de fuerza, valor y encanto. Los puños estarán en alto como un homenaje mudo a todos quienes trabajaron en esta hazaña de haber salvado tantas vidas o de haber respetado la muerte, la de verdad, la sin disfraz ni fiesta.

 

Ciertamente es un evento de arte, lleno de buena muerte, la que nos alegra y enseña los valores de lo popular. Es una ocasión que unifica desde el dolor hasta la carcajada, desde el buen tino hasta la precisión aguzada y fina. Es tiempo de lluvia en el alma y gran color en el corazón.

 

Margarita Magdaleno R


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