Obelisco pagano en la más importante sede de la Iglesia católica: San Pedro en Roma.

Muchos de los portales en Internet, dedicados a la proliferación de la fe católica, en esta época del año, cercana a la Semana Santa, enfatizan las bondades de la alabanza a Dios, a Jesús su hijo y a todos los caminos que lleven a esta culminación de la fe. Y suplican que no se acerque el pueblo de creyentes a todas las representaciones, con más interés en la riqueza visual que la devoción cristiana, en las magníficas obras, que vemos recorrer ciudades enteras acompasadas de arrepentimiento y penitencia en la ya tradicional Procesión del Silencio, tanto en diversas ciudades en México como en Querétaro.

No es fácil acatar esta sugerencia frente al tanto talento, de todos los tiempos, tamaños y colores. Es la propia Iglesia quien a lo largo de muchos años – por lo menos desde la caída del Imperio Romano hasta el siglo XIX – dictó, de muchas maneras, la forma de concebir y hacer el arte; que ciertamente, en la contemplación del mismo, debería acercar a las almas a Dios; primero con 400 años de oscurantismo medieval y el temor que esto implicaba y después con toda la luminosidad del Renacimiento, la exuberancia del Barroco y frente a la Independencia irrefrenable de los pueblos sometidos al pánico y la devoción.

En tantos años, los humanos aprendimos a mirar esas enseñanzas que constituyeron el cuerpo real del arte más puro de aquellos tiempos: Vírgenes dolorosas, Cristos sufrientes, santos implorantes y tantas multitudes devotas provenientes de todos los rincones del mundo cristiano.

Cuando estudiamos un libro de Historia del Arte Universal, parece que fuera un tema de Arte Sacro. Y la razón radica en los motivos de la catequesis.

Entre tantas cosas que se podrían decir al respecto, surgen objetos y tradiciones que resultan diferentes. Por ejemplo, el obelisco que engalana la Plaza de San Pedro en el Vaticano, pocas veces nos lleva a pensar en el origen de tan magna pieza de la escultura egipcia verdadera.

Calígula al mando del Imperio, en el año 37 dC, ordenó traer desde Heliópolis una especie de trofeo por sus triunfos de guerra, con 350 toneladas de peso y 24 metros de altura, para ponerlo en su Circo , que después fuera también de Nerón. Fue hasta 1586 cuando el Papa Sitxo V ordenó su remoción hasta el centro de la plaza más representativa de la cristiandad, generando una controversia nunca ventilada en su totalidad, por haber colocado un elemento pagano frente a la sede católica más importante del mundo.

Lo que no sabemos y no sería tan iluso pensarlo, es que cuando se encontraba en el Circo, fue al lado del dicho obelisco, donde San Pedro fue crucificado de cabeza, por su propia voluntad, argumentando que él no tenía la misma categoría ni dignidad que Jesucristo, su Maestro, por lo que solicitó la crucifixión inversa.

De esta manera es que ese monolito de granito rosa, labrado en Asuán, fue movido por 900 hombres, 150 caballos, muchas poleas y cientos de metros de hilos de algodón, según dice la historia, para que llegara al lugar donde se encuentra con la dirección general de Domenico Fontana en el siglo XVI. Antonio Dante, artista italiano, imaginó el movimiento del obelisco plasmándolo en una obra de 1583.

Existe en Italia una expresión que alude al hecho de haber erguido el obelisco con las cuerdas de algodón que se calentaron al máximo por el esfuerzo y la frotación de las mismas, durante las obras coordinadas por el capitán Bresca, marinero de Liguria, quien sabía que las cuerdas debían enfriarse con agua para que no se reventaran en el esfuerzo y gritó a los operarios la frase “Acqua alle funi!” (¡Agua a las cuerdas!), misma que se inmortalizó repetida cada vez que alguien abusa de alguna persona o sobreesfuerza algún material. El capitán Bresa, lejos de haber sido expulsado por la insolencia, recibió la bendición papal y la licencia para realizar, con tiras de palmas, los ramos utilizados cada Semana Santa para conmemorar la entrada de Jesús en Jerusalén y la resistencia de las cuerdas que reivindicaron a los oprimidos y abusados. Se dice que aun hoy existen sucesores de Bresa que siguen vendiendo año con año las palmas en el Vaticano.

El arte que ha dado testimonio de la vida ha interpretado estas narraciones manifestándolas en obras perfectamente identificables, como la célebre crucifixión realizada por Michelangelo Caravaggio (1571 – 1610), pintada en 1601 y que se encuentra en el templo de Santa María del Popolo en Roma.

En México, durante el siglo XIX, los estudiantes de la Academia tan de moda en ese tiempo, realizaron múltiples obras de estudio, que gracias a la reproducción de las mismas, significaron gran aliciente y objetivo preciso para los jóvenes estudiantes de esa institución. La que habla de la crucifixión que mencionamos y realizada en México, se encuentra en el Museo de Arte de Querétaro en la sala dedicada al Siglo XIX mexicano; de tal manera, que observarla en estos días, no implica más fatiga que dirigirse a nuestro queridísimo recinto cultural.

De esta manera, no es tan fácil cerrar la concentración y evitar el deleite de la mirada frente a estas obras que fueron hechas dotadas de fuerza y belleza para atraer, justamente, la concentración en un siglo XVI glorioso, lleno de luz y símbolos después del oscurantismo medieval.

Margarita Magdaleno Rojas.

 

 


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