¡Me lleva el tren!

Hace un par de días grabé un programa de TV en la Antigua Estación del Ferrocarril de Querétaro. Fue tan agradable, tan acogedor el amiente, tan reconfortante su estado de conservación, el cuidado de las plantas, los lambrines bien limpios y barnizados en el techo y tantas las cosas lindas que ofrece el actual Centro Cultural, que no pude menos que entrar a volar en un viaje de emociones y recuerdos que me llevaron a pensar en las muchas estaciones del ferrocarril que conozco. Es todo un tema.

En México, el ferroarril fue el gran paso a la Modernidad y Porfirio Díaz quien lo dio. Nuestras estaciones son muy variadas, desde las pequeñitas como la que tenemos en La Griega, la de Hércules o la de Querétaro, que en realidad tuvo cuatro, lo que hablaba de su importancia.

Personalmente, puedo decir que las estaciones a las que me refiero, han formado parte muy importante en mi vida, sobre todo, en el tiempo en el que viví en Europa y tuve oportunidad de viajer “de mochilazo” por todas partes. Son tan bellas! , tan útiles; además de ser edificios inteligentes en los que se reúnen tanto servicios como emociones. Pero lo que ahora me sigue maravillando es que son los cásicos edificios inteligentes, que en los países donde el ferrocarri sigue siendo utilizado como importante transporte público, dan fe de los adelantos tecnológicos y de infinitas manifestaciones artísticas de las que a veces nos enteramos y a veces no, pero que allí están.

Estaciones las hay memorables por muchas causas: La de Atocha en Madrid por el terrorismo, las mexicanas por la importancia histórica, la de Londres por su incorporación de conexiones hasta el nuevo camino hacia Francia a través de un túnel que atraviesa el Canal de la Mancha y sus respectivas estaciones.

Pero yo recuerdo su parte artística: La Estación Central de Nueva York con su espacio y sus vitrales; Orsay convertida en el Museo de los Impresionistas, todas las antiguas europeas como ejemplo de la arquiectura más avanzada desde el siglo XIX, el Art Noveau, el Déco y, en algunas de ellas, con decoraciones más cercanas al el siglo XX.

Las estaciones de ferrocarriles, huelen a nostalgia, saben a economía y vibran a emociones del corazón abandonado, ilusionado, triste o feliz pero siempre palpitante.

Tengo que citar el caso de Bilbao, la ciudad que tanto sufrió por la ETA, que tuvo la suerte de tener un gobierno que supo conjuugar la necesidad de acabar con los truanes y recurrió a la cultura para lograrlo y creó uno de los museos más importantes e impactantes del mundo, el Guggenheim, y para completar su respaldo al arte, la belleza y la cultura, constuyeron, como filiales del transporte del que hablamos, una serie de estaciones del Metro y del tren, hechas por los más grandes arquitectos de la actualidad, sin olvidar al Arq. Calatrava, español,  que igualmente sigue haciendo estaciones de ferrocarriles.

Imposible no mencionar la estación de Nápoles, en Italia, llamada Afragola, diseñada por la gran Zaha Hadid, que emula una gran brecha cubierta que se extendiende por un gran campo verde, como gran serpiente que lo acecha. Preciosa y utilísima estación.

En estos emocionantes espacios podemos escuchar música clásica y ópera, vemos grandes exposiciones, los artistas se inspiran y producen cosas espléndidas; y si no lo creemos, hay que ver a los impresionistas, o los fotógrafos de todos los tiempos, los artistas urbanos que “retratan” con imágenes o letras, lo que ellos ven con sus ojos llenos de sensibilidad. No puedo olvidar a Turner capaz de pintar las ráfagas y hacernos sentir la fuerza de la máquina. Olas maravillas pintadas por el Dr. Atl, quien los homenajeó atravesando los campos mexicanos en unas atmósferas nunca igualadas a las de él.

En México, ciertamente, no están en auge; al grado de que la gran Estación de Buenavista en la CDMX, cerrada y sustituída la maravillosa biblioteca prometida, no acaba de funcionar totalmente.

Sin duda, el urbanismo tiene mucho qué decir en este tema, porque los entornos de estos elementos del equipamiento de las ciudades, determinan desde el uso del suelo, hasta los riesgos que se provocan con  su paso en las zonas habitacionales. Pero esto depende , no de las bellas estaciones, ni del servicio cuando es de calidad.

Por el momento, y mientras se nos endereza el barco, podemos visitar las muchas estaciones restauradas que hay en México y disfrutar cuando, en otras partes, debemos abordar el tren para transportarnos. Son cultura pura.

Me viene a la mente un fragmento de viaje que hice en el Expreso de Oriente, estuve sólo dos días abordo…Fue toda una aventura tener que vestir de gala para cenar y conocer la variedad de actividades que se ofrecen en este transporte que se vende ahora, más por diversión turística que como medio de locomoción, fue toda una aventura; una especie de crucero por tierra.

Y entre los recorridos mexicanos imperdibles, es el que hace el Ferrocarril Chihuahua – Pacífico, conocido como El Chepe, que nos acerca de la mejor manera a la naturaleza y a los bienamados rarámuris tan llenos de encanto y amor.

Cultura sobre rieles…no es mala idea para viajar y aprender de arte.

Margarita Magdaleno R

 


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