Hablemos de haciendas

Sí, de haciendas, esas casonas que usted ha visto algunas veces y que ahora se han puesto de moda. Por algo será que estamos volviendo a mirarlas a pesar del abandono en el que cayeron.

La hacienda fue, según Terán Bonilla “Una unidad productiva de organización compleja”, y sabemos que se pretendía dominar, por lo menos en una zona determinada, la tierra y el agua, la mano de obra y los mercados para vender los productos de la hacienda.

La hacienda es una empresa de origen andaluz, que en la Nueva España se desarrolló con mucho más señorío que en Europa, por lo que lograron asentarse la mayoría de ellas durante el siglo XVII; en el XVIII llegaron a su máximo esplendor y en el XIX cambiaron de patrones, ya fuera por herencia o compra – venta, pero de cualquier manera estas empresas fueron menguando hasta que en el siglo XX se vieron aniquiladas casi en su totalidad como resultado del reparto agrario en México.

Las haciendas fueron muy importantes para la historia y la economía de la Nueva España. Algunos sondeos dicen que en México existen todavía alrededor de 4000 de ellas.

Las 120 queretanas, entre las que destacan las ganaderas y agrícolas, tanto de climas fríos como en Amealco: Galindo por ejemplo que llegó a tener enormes huertas de peras, además de crías de  manglares y café ,en la Sierra Gorda.

Y a propósito de lo que sucedía hace 100 años, sabemos que la producción de muchas haciendas permitió financiar las luchas de los ejércitos constitucionalistas de Venustiano Carranza, durante la primera etapa de la Revolución Mexicana.

El concepto espacial de origen árabe, relativo a los íntimos patios del harem, ordenaba las habitaciones entorno a los espacios abiertos, que dependiendo de su tamaño, podían ostentar fuentes, áreas ajardinadas o simplemente espejos de agua que reproducían la arquitectura circundante. Ahora esos sitios silenciosos, se usan con piscinas bañadas de sol.

Unos cuantos ejemplos queretanos: Galindo, La Muralla, San Nicolás Concá y Juriquilla, para hablar de esos espacios que ahora tanto se disfrutan.

Uno de los motivos fundamentales para la creación de las haciendas, fue hacer producir las tierras en beneficio de los patrones, por supuesto, pero también de todas las personas que quedaban bajo su protección.

Se organizaban también en encomiendas, destinadas a quienes eran, “encomendados” al patrón, para recibir su ayuda y trato justo a cambio de su trabajo y el de sus familias. Esta organización, determinaba la existencia de la tienda de raya, que era donde ellos iban a comprar a cambio de sueldo o raya, los alimentos y utensilios que necesitan. Basta recordar algunas coplas populares: se me reventó el barzón y siempre la yunta andando…

En cambio, las mercedes, eran obras de beneficio pero que no podían ser para la iglesia. Las mercedes, eran de la corona española. Y en el siglo XVII y mediante el pago a dicha corona, se convirtieron en propiedades privadas.

Y fue a través de las luchas independientes que se buscó la división de las grandes propiedades. La guerra de Independencia, el vandalismo en los caminos, y muy especialmente las leyes liberales llevaron a su fin a las haciendas.

Fue hasta 1884 que las haciendas tomaron un nuevo aire, mismo que llegó hasta 1910. Nunca hubieran imaginado los hacendados que sus trabajadores, algún día, les arrebatarían el poder.

Lo que las perdió fueron las deudas por obras de beneficencia; la nacionalización juarista de 1859 y la paralización de la producción.

Sin producción y sin gente, las enormes construcciones llenas de esplendor cayeron en el abandono y la tristeza, sin tener en qué ocupar esos espacios que habían servido para dar abrigo y trabajo a la gente. A nadie les servían ya las vigas decoradas en los techos altos, ni había quién se asomara por los balcones de visillos entreabiertos, ya no había pájaros trinando ni matas floreciendo, ni olores a comida ni frescura en los pasillos para descansar.

El patio era  un elemento organizador de la arquitectura, que muy pocas veces cuenta con alguna firma a quien atribuir su creación. Realmente esta arquitectura fue el producto del sentido común  y del gusto especial de los patrones.

Entorno al patio se ubicaba la casa grande, capilla, casas del administrador y del caporal o cualquiera otra de importancia administrativa, las trojes, eras y tinacales. La arquitectura de las haciendas siempre está ligada al lujo en la casa grande y no así en el resto del conjunto que se caracterizaba por su sencillez.

Las casas de los trabajadores se llamaban calpanerías, las trojes eran los almacenes de los granos que se cosechaban y las eras, un sistema de criba para los granos, construidas de manera circular, marcadas sobre el piso. En algunas ocasiones se contaba con un camino de árboles y flores para enmarcar la llegada a la casa grande.

Los materiales utilizados siempre eran de la región y cuando se trataba de  hacer alarde de lujo, se hacían traer algunos materiales de Europa, que pudieran contrastar con lo que todos podían tener como vajillas de mayólica, cristales de Bohemia, brocados franceses y algunos dertalles de flora exótica que pudieran conseguir, como orquídeas selváticas y diversas aves, que eran colocadas en jaulas de gran tamaño y lujosa presencia.

Las historias que se cuentan de las haciendas y sus patrones, en sus mejores tiempos, reseñan el buen gusto, la moda y lo más glamoroso de la justa mitad decimonónica: La Llave, Ajuchitlancito, Hacienda Tequisquiapan, La Muralla, como las más relevantes.

En algunas localidades el elemento más rescatable, de lo que hoy se deduce, son el trapiche con su acequia, molino, caldera y chacuaco.

San Nicolás Concá, construida con morillos de madera y soyate, le fue cambiada su cubierta por láminas metálicas, como en infinidad de ejemploos serranos, sus construcciones estaban hechas de piedra, viguería y tejas sobre los techos inclinados, tradicionales en la zona.

Desde entonces y hasta ahora, destaca de manera especial el acueducto que permitía conducir el agua para alimentar al molino y al aljibe, que actualmente forman parte de la infraestructura del hotel Misión Concá, en el que se aprovechó todo lo existente para los recorridos por los jardines y el restaurante en el antiguo molino.

Cadereyta es un municipio con las haciendas, ahora abandonadas, en sus emplazamientos a veces desolados y llenos de encanto, como la antigua hacienda de Las Rosas, rodeada de extraordinaria vegetación, que es tal vez su mayor atractivo.

El Chilar, El Boye, La cueva, son algunas de las más comunes, que estuvieron funcionando en espacios arquitectónicos semejantes, aunque cada uno, tiene algo que lo distingue. La hacienda El Ranchito, presenta un aspecto singular, porque la casa grande se desarrolla en planta baja y dos niveles superiores, situación muy rara de encontrar, sobre todo en las construcciones más modestas, pero además se le acondicionó un escondite para personas, en un sótano especial y un gran portal en la casa para los viajeros.

Imposible hablar de las haciendas queretanas sin aludir aquellas que fueron propiedad de Doña Josefa Vergara y Hernández, gran benefactora de niños en estado de abandono, que hasta hoy siguen gozando de la generosidad de Doña Josefa Vergara, como la hacienda de Buena Esperanza, que contaba con cinco labores, a beneficio de sus obras pías: El Blanco, San Vicente Ferrer, El Coyote, Viborillas y la Caja. Más dos ranchos: El Trecho y Las Cenizas.

La hacienda grande tenía la casa de las patronas, trojes, caballerizas, capilla con atrio, tinacal, torreones, noria, tenerías (que hasta la fecha son el trabajo en San Vicente Ferrer) y acueducto.

Hacienda de Chichimequillas. Ubicada en el Municipio El Marqués, en 1791 perteneció a la orden de los Carmelitas Descalzos. La hacienda fungía como el núcleo de un pequeño pueblo en el que todos los que allí vivían, como en la época feudal, dependían de la actividad y patrones de la hacienda, quien les pagaba por su trabajo o simplemente los mantenía con todo y familia.

En estas organizaciones humanas, administrativas y arquitectónicas, las fiestas eran de todos y los duelos también.

Margarita Magdaleno R

 

 

 


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