Teatro de los Insurgentes

Cuántas veces hemos pasado frente al teatro de los Insurgentes en la CDMX o hemos asistido a innumerables espectáculos en ese, ya entrañable, espacio para las artes escénicas. Sin embargo, cuando pasamos por la Avenida de los Insurgentes generalmente no acostumbramos mirar la marquesina o lo hacemos sólo para verificar cuál es la función que nos interesa, lo cual es una pena porque nos perdemos del placer de mirar – sobre todo, cuando el tráfico nos atrapa – un mural del Maestro Diego Rivera, ubicado justo arriba de los anuncios oficiales del teatro y a lo largo de la no pequeña fachada del teatro, que es un proyecto del Arq. Alejandro Prieto, quien en 1953, junto con José María Dávila, montaron la serie de paneles en posición convexa que constituyen el extraño mural hecho a base de pequeños mosaicos (Técnica conocida como mosaicos venecianos) que narra de una manera realmente distinta, la historia del teatro en México.

Y este tema, no fue sino la instrucción que Diego Rivera aceptó. Pero la forma de representar dicha historia, fue sui generis, porque los personajes que aparecen son infinidad de próceres y villanos de la vida de México.

Evidentemente, se trata de un mural mexicanista realizado durante la gestión de José Vasconcelos como Secretario de Educación Publica, quien aprovecharía todos los espacios públicos para educar y culturizar a los mexicanos con relación a los valores y motivos de orgullo.

El desfile de personajes es muy grande y va desde los próceres de la Independencia, la participación fundamental de Juárez, siempre ligada con los monarcas Maximiliano y Carlota, el Cerro de las Campanas, el castillo de Chapultepec, Emiliano Zapata que no podría faltar, un puño levantado y todos distribuídos a lo largo de esa especie de gran cartel de 55 mts de largo por 10 de ancho donde se mezclan, entre esa historia de México hecha a base de breves, digamos flashazos, junto con un enorme antifaz y las manos que lo sostienen, la presencia de Cantinflas con toda la fuerza escénica que tuvo, los grupos antagónicos de ricos y pobres y una visión muy de esa época del teatro de bodevil que plantea un reto al razonamiento porque la liga de las ideas y los motivos no aparece claramente.

Cuenta el Maestro Don Antonio Rodríguez, el más importante conocedor y crítico de arte mexicano de esa época a quien tuve el gusto de conocer y a quien le creo todo, que nos explica dicho mural como un divertimento completo para Diego, en una época en la que el gran furor por él había amainado de alguna manera, por lo que había aceptado el encargo del que hizo una interpretación realmente teatral, ficticia en la que va ligando al azar, la historia de México, que dicho por Diego mismo, era como la vida del teatro; es decir, una mentira de cara bonita.

Por supuesto que nadie se atrevió a cuestionar lo que él hacía porque lo importante no era la veracidad de la narración sino el sello y firma de Rivera en esa obra única en su género en un México, que venturosamete, se llenó de las más importantes obras de arte mexicano de su tiempo. Es decir, que el mensaje de Diego era que la historia de México era un teatro. Planteamiento que no es ajeno a Rivera.

Desde el punto de vista estético, el propio Maestro Antonio,que vale la pena decir que se trata de uno de los críticos más importantes que ha tenido México y que fue quien con mayor rigor estudió el arte mexicano desde las culturas prehispánicas hasta 1988 cuando murió; recomendable, por cierto, su libro “El Hombre en llamas” (Historia del Muralismo en México).

Vale la pena recordar que una de las últimas participaciones que tuvo, fue venir al Museo de Arte para dar una conferencia sobre Abelardo Ávila, el artista plástico queretano más destacado de su tiempo y para conocer el entonces nuevo recinto cultural en Queretaro.

Sin embargo la verdadera importancia del mural es la técnica utilizada, el formato alargado como gigantesco panfleto que se puede leer con imágenes por todos conocidas, que no dejó de ser una novedad y manifestar también el interés de un empresario, por singularizar su inmueble con una obra de arte de gran formato y puesto a la vista, no sólo de los asistentes al espectáculo sino de todos aquellos que pasaran por la calle; es decir, una obra privada pero de arte público.

Actualmente, muchas personas han ido al teatro y ni siquiera se enteran del mural y tampoco quienes se quedan atorados en los tapones de tráfico, son capaces de mirarlo. Pero en este país la cultura visual aparece por todas partes. Estamos acostumbrados a ella y quizá por eso ya no causa asombro.

Pero allí está, gratuito y al alcance de todos; igual que la obra mural más grande del mundo que es el Polyforum Cultural Siqueiros sobre la misma Avenida de los Insurgentes, del que prometo hablar muy pronto.

Margarita Magdaleno R


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