Kitch ¿Qué es eso?

Entre 1860 y 1870, los pintores de Munich, en Alemania, que hacían cosas que se parecían a algunas piezas de arte clásico, utilizaron materiales de desperdicio o de muy bajo costo y los identificaron con el término: kitsch.

Al respecto se puede pensar que es un derivado de la palabra sketch, en inglés mal pronunciado  y que quiere decir algo así como “esbozo”; misma que fue aplicada para referirse a los recuerdos de viaje que prácticamente en todo el mundo se les identifica como souvenirs y para el comercio turístico alemán, son muy importantes. Otra palabra de factible influencia es “vertischen” que significa fabricar barato. O como se expresa en el Suroeste alemán “kitschen” que se refiere a recoger basura de la calle para hacer muebles nuevos a partir de los viejos, muy cercano al concepto de Arte Povera que crearon los italianos, aunque sin la caracaterística de cursilería del kitsch alemán y sus seguidores norteamericanos.

En suma, es algo que tiene que ver con lo no auténtico.

De esta manera, el kitsch es considerado como una copia sin gran valor y de un estilo  preexistente. Por supuesto tiene una fuerte carga peyorativa.

A juzgar por el boom que ha generado en el mundo, vale la pena saber que se liga con el Pop Art, como una cultura de masas con estética de fácil consumo. Pretencioso, fuera de moda y de mal gusto en la mayoría de las opiniones, aunque haya quienes se fascinan  con esta hibridez entre el relumbrón de colores y la falsedad de los materiales. Lo que podemos decir es que no cumple con normas de equilibrio, armonía ni conceptos de estética clásica, por decirlo de algún modo. Se opone a los valores tradicionales.

Existe una corriente norteamericana llamada Big Pink Heart, pionera en la mentalidad del kitsch, llena de corazoncitos por todas partes, de todos los modos y en todos los tamaños y colores, que llena todo tipo de objetos: Mobiliario, globos, muñecos, estampados, ropa, caricaturas, calcomanías y demás chucherías intrascendentes.

Se trata de lo inadecuado estéticamente, por lo que se puede comprender la existencia actual de todos los productos, mal llamados “alternativos” y que se entienden más como “optativos” que se refieren a diversas posibilidades de algo, en tanto que lo alternativo es una sola opción, la elegida entre muchas otras.

El kitsch no es alternativo sino opcional frente a los efectos, literalmente, baratos, sentimentales y masivos.

Este estilo de objetos, no requiere tiempo ni reflexión de sus observadores, sino que simplemente les resulta agradable y que no obligue a nadie a tener que pensar. Aunque lo agradable, no puede ser definido más que por el propio consumidor, que suele multiplicarse hasta convertirse en una masa de cualquier tamaño.

En Alemania fue bienvenido entre la burquesía nueva y adinerada. Lo que se busca es pertenecer a las clases de elites culturales. Ciertamente estamos frente a un fenómeno cultural que nada tiene que ver con el refinamiento del gusto sino con la vulgaridad; es decir, con el vulgo, la mayoría de la gente. De manera generalizada y de un oropel, obviamente, falso.

Las copias literales, de cualquier obra de arte verdadera, realizadas con materiales caros o baratos, sin la cita específica del trabajo original, es considerada kitsch, aunque sea perfecta. Sobre todo cuando la evidencia de lo nuevo habla claramente del falso: Plástico que imite al oro, cristal, madera u otro, hecho para que quien posea el objeto haga finta y luzca sus nuevas “joyas”. Todo esto sin importar si el autor pretendía o no disfrazar el verdadero status de la pieza.

No es lo mismo comprar un “recuerdito” del David de Miguel Angel que hacer otro David de yeso de enorme talla y exponerlo como el gran atractivo en la decoración de un restaurante caro y encontrarlo además en cualquier expendio de baratijas.

Han existido los que eventualmente son mejores que los originales, sólo que no pueden ostentar el título de original o acercarse siquiera a los aspectos de la originalidad que se presume.

Es preferible darle al kitsch su lugar y reconocerlo que querer ocultar la arrogancia de las copias que pretenden venderse como verdaderas. Existen obras de original kitsch que resultan queridísimas para los públicos de todas las edades y puntos cardinales: Moda para quinceañeras, globos gigantes convertidos en esculturas, globos metalizados en forma de corazón, filmes con seres inexistente, sobre todo, de presencias claramente inexistentes como juguetes que hablan o caballitos de madera imaginados como grandes corceles.

Disney es el mejor expositor de este talento, con sus familias de patos millonarios, enojones o coquetos o parejas de perros que se enamoran por sus virtudes y graciosas imágenes; brujas mata perros, enjoyadas y anhelantes del glamour que algún día reciben su castigo y que nunca tuvieron necesidad de parecerse al arte clásico para triunfar.

No es difícil pensar que el kitsch seguirá siendo consentido al diseñar pasteles de mil niveles, lucir prendas de pieles y telas fintas, decorar interiores con bordes dorados, usar pestañas postizas y uñas acrílicas con diseños propios de la Sicodelia, asistir a las más exclusivas peleas de la lucha libre con todos los outfits de los protagonistas o llegar a la escuela con los mejores ejemplares del folclore urbano y hasta llegar a la construcción de conjuntos arquitectónicos que emulen los escenarios de las Mil y una Noches.

El auténtico kitsch es falso y poco importa para su popularidad. Sólo hay que reconocerlo como tal y no apostar por la fuerza de su esencia.

Margarita Magdaleno R


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