Horror Vacui

Descubrí mi enamoramiento por el arte a partir de esa clase de sensación que me recorre el cuerpo, por completo y sin permiso; es algo que se reproduce en emoción y se canaliza o desborda y amenaza con dejarse ver como una invasión de formas, equilibrios, intensidades de color, figuras o manchas, temas claros o pensamientos que se esbozan, se entrelazan como trayectorias neuronales, recorridos celulares, humores esparcidos y aspectos corporales que sólo se concilian cuando la belleza se encarga de crear el nuevo orden de equilibrio y cordura, como sucede con las obras de arte.

Horror vacui es un término que fue aplicado al arte por el italiano Mario Praz (1896 – 1982), para referirse a objetos, imágenes y conceptos, que siendo sobrecargados, confusos y detallados se convirtieron en moda y característica de los productos artísticos de la época Victoriana, en la época de la Revolución Industrial y el Imperio británico. El distintivo era una especie de necesidad de rellenar hasta el último rincón del objeto para mitigar el temor de que faltara algo, fundamental o no, para equilibrar por saturación, el miedo a parecer incompleto, a no dar todo el haber del artista sin el pudor de quien guarda algo para sí, también con todo derecho.

México y sus artistas, son una nación en el mundo en la que se acostumbra entregarlo todo, no sin el miedo a dejar algo vacío, aunque quien se quede vacío, sea el propio artista. A partir de ese momento, tiene que dar la vuelta a la página y empezar de nuevo en otro tema, otro lienzo…otra vida.

Basta echar un vistazo a los códices precolombinos llenos de mensajes, en los que el dibujo, abarca hasta una especie de forma asignada para el sonido, que toma presencia en las vírgulas que surgen de las lenguas de los personajes que tanto deslumbraron a los hombres de Dios, enfundados en hábitos cristianos que vinieron  allende el mar para pregonar la fe que daba sentido a sus vidas, aunque violaran otra fe, también irrefutable y válida, como la de quienes pertenecían a un mundo aparte. Tremendo escenario para el miedo al vacío que hablara de no triunfar en la tierra apenas descubierta, en la que había que borrarlo todo: una especie de lleno del vacío para poder triunfar en la convicción de la nueva fe, tan ilustrada como ajena.

Diego Rivera, por citar tal vez, al reconocido artista, demuestra su pánico al vacío, configurando la historia gráfica de la gran Tenochtitlan en sus murales del Palacio Nacional, con las imágenes del tianguis y el corazón de la ciudad consolidada que encontró Cortés, mientras en Europa se debatía el Renacimiento de Buonarroti.

Los habitantes de esta tierra mezclados con los soldados de Cortés, se encargaron de calmar el Horror Vacui de Rivera con estas multitudes, que llenaron los vacíos en los muros tanto como en el deseo del pintor y el horizonte de quien los mira. Las grandes historias se contaron a base de series interminables de personajes, delineados uno por uno, hasta abarrotar de narraciones las superficies más visibles de México.

Y de distinta manera pero con resultados similares, podemos analizar los enormes campos de color de pintores abstractos, profundos y de apariencia serena como Mark Rothko, quien a furia de pinceladas incesantes, nos lleva a un mundo de sensaciones acompasadas, constantes, interminables que logran un estado del alma, como si estuviera conectada en oración para equilibrar el Horror al Vacío del que venimos hablando.

Los Maestros del Abstracto, más activos, tenaces, inquietos, que manchan los lienzos y van bordando entorno al deseo, de ellos y de quienes miramos – pienso en Pollock – o las piezas de arte cinético de Vasarely o Calder, que pueden saturar un lienzo inmutable o suspender diversos elementos en un gran espacio, hasta convertirnos en presas de la sensación o visión real del movimiento, que puede inundarlo todo y hacernos palidecer o sonreir ante el Horror Vacui.

Margarita Magdaleno Rojas

25 Febrero 2016.


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