Estructuras desmanteladas

“Cuando se olvida lo aprendido lo que nos queda es cultura.” José Ortega y Gasset tenía razón  en su premisa porque la manera de vivir es siempre una forma de cultura, justamente cuando los libros leídos, los viajes atesorados, las imágenes impresas dentro del ser, se mezclan y se acomodan para modificar los entretelares más profundos del escenario de nuestra vida. Allí donde todo fluye por voluntad propia o a pesar nuestro y no nos queda más que evidenciar lo que llevamos dentro, las plataformas que nos sostienen y nos permiten actuar y decidir ya sea por instinto o por convicción, alejándonos, por fortuna, del morbo de quienes, sintiéndose adivinos, se atreven a aseverar que lo que hay es exactamente lo que ellos, desde su también particular plataforma, suponen que hay.

Cuando entramos en contacto con la forma visual del arte, tenemos diversos caminos para enfrentarlo pero siempre desde el mundo que llevamos dentro y que nos permite una interpretación basada en la propia experiencia, lo que nos forma y conforma.

Jaqueline Lozano Murillo es una joven que se ha formado académicamente en el mundo de las matemáticas, la abstracción del pensamiento y la minuciosidad creadora de circuitos electrónicos que encierran trayectorias de la ciencia que se presentan simplificadas de tal manera que parecen un juego, un acomodo de elementos comunicantes que surgen capa por capa, sobreponiendo informaciones diversas, con formas tangibles,  casi siempre indescifrables para los legos pero igualmente atractivas para quienes observan cada línea de conducción, cada puerto de conexión, cada entronque o ramificación, como si fuera una ciudad vista desde las alturas, con sus vialidades, bosques y concretos de construcción humana, hechos para la vida, el trabajo, lo cotidiano que a distancia mantiene la sofisticación de lo que no podemos medir. Jaqueline, pertenece al mundo de la mecatrónica, la ingeniería, la precisión.

¿Y en qué momento la ingeniera se descubre con una pasión distinta a la numérica, que palpa tan de cerca la sensibilidad de las artes plásticas? Justo cuando los números no alcanzan para contar la necesidad de un espacio propio, como la gran Virginia Woolf cuando descubre que las mujeres, a lo largo del tiempo hasta sus días, no habían tenido la oportunidad de contar con un cuarto propio donde pensar, disponer de su tiempo y buscar un mejor acomodo que le permitiera realizar su propia búsqueda, poner a prueba sus habilidades y exponerse, primero a su autoaceptación y luego, a la opinión del otro, de quien mira y siente que sus trabajos ya son una cuestión de piel.

Narrando sus espacios interiores y sus ganas de hacer algo diferente descubre materiales poco utilizados para la creación pictórica como la “maskin tape”,  hasta que hace de ella su mejor recurso para variar el lenguaje de sus trabajos. Como su vida, saturada de información, las líneas se agrandan y adquieren volúmenes que no se logran con un simple trazo de carbón y empieza a devastar lo que reproduce, sus circuitos, que han crecido hasta lograr dimensiones en las que las estructuras se convierten en la imagen de los lugares construidos que podemos habitar. Hace un sincretismo entre la arquitectura que existe gracias al espacio que contiene y la sensación de sus estructuras, a veces agrandadas y casi siempre trabajadas con un esmero que pareciera pretender su desgaste paulatino, acariciado hasta lograr desmantelarlas, diluirlas, rebajarlas; pero poseedoras de una expresión que habla de lo que Jaqueline percibe y nosotros, los apenas observadores de una técnica novedosa, nos detenemos a mirar con gran curiosidad y larga cuerda para la imaginación.

La experiencia de esta joven artista nos resulta inenarrable, increíble, pero para ella, muy liberadora, llena de retos. Explora los beneficios de las matemáticas al establecer sus mensurables ritmos, el rigor de los elementos sustentantes que ofrecen las estructuras sólidas. Se trata de espacios, como ese que empezó buscando para desplazarse en el exterior más cómodamente,  sin saber que el verdadero movimiento es el que la impulsa en esta búsqueda de la retina en movimiento oscilante entre la pequeñez en la luz, sus reducidos circuitos, y el agrandamiento en la oscuridad, las ciudades, los paisajes de la construcción, la urbe en eterno proceso. No es un problema del tamaño de sus piezas sino de las escalas entre las que nos hace oscilar a quienes deambulamos entre sus andamios.

El público que observe y sea atrapado por esta obra, sin duda, pertenecerá a un contexto diferente a lo trillado, a lo temeroso de la variación, a lo aferrado a la parálisis de los conceptos que pretenden nuevos discursos sin variar las formas, el temblor sin estremecimiento, la huida frente al riesgo que sin temeridad pero con audacia Jaqueline recorre. No será un público ni de extremos ni de perezas, sino de seres de épocas de códigos de barras, de belleza diferente e inédita.

Es un trabajo que podrá crecer, guardadas las debidas proporciones,  a la vera de versiones estructurales de grandes consagrados como Omar Rayo, Federico Silva, quizá Chillida, abstractos y profundos, quienes salieron a la luz en un mundo, que en su tiempo, estaba acostumbrado a la imagen figurativa, romántica y al color de la naturaleza sin maquillaje sin reconocer los beneficios y gustos del racionalismo, su recarga de colores primarios y las formas básicas de la geometría.

Este lenguaje pictórico, sorprende por la juventud de la pintora y por la facilidad con la que se enamoró de estas formas milenarias que ahora ocupan los estrados de las nuevas fifuras de la ciencia y revisten, sin ella pretenderlo, una especie de homenaje a los arquitectos – artistas, como Fernando García Ponce, José Luis Benlliure, Fernando González Gortázar, por citar sólo unos cuantos. Lenguaje al que hay que agregar la técnica como producto de su propia búsqueda.

Jaqueline pertenece a una nueva generación entusiasmada por los medios electrónicos, las redes sociales, la lectura en Internet, las conquistas en línea, la comunicación con los dedos y muchos otros distractores que han quitado la atención de la observación dedicada y encaminada a lograr la contemplación tan bien asimilada por San Ignacio de Loyola quien decía que había que contemplar el arte si se quería saber cómo contemplar a Dios y es probable que los recursos que dan forma a esta obra representen un elemento de curiosidad que hará voltear las miradas de sus nuevos observadores hacia obras, que sin ser narrativas, sí tienen un trasfondo evocador de la concentración del juego de los colores y las líneas. No se necesita sino dejarse llevar por la armonía de la visión acrecentada de esas estructuras que han sido desmanteladas para evidenciar la belleza que se oculta entre los espacios que las albergan.

Jaqueline Lozano es Premio Rufino Tamayo 2012.

                                                                                             Margarita Magdaleno Rojas

                                                                           Santiago de Querétaro, marzo de 2012.


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