Benjamín Hierro

¿Cómo acercarse al trabajo de un pintor tan complejo?

Lleno de laberintos y vericuetos visuales, Benjamín Hierro despliega su obra sobre lienzos grandes y llenos de enigmas.

El análisis más sencillo, requiere no obstante, de un malabar de la descripción y el detenimiento, sin límite de tiempo, para acercarse a ratos a una obra que puede agobiar o embelesar, y sin duda, para muchos más aceptar el reto de sentir detenidamente y llegar a la conclusión única e irrepetible, que es la propia. A final de cuentas el único juicio de valor que nos convence está en nuestros adentros.

Argumentar corrientes y conceptos, puede resultar viable si se fuerza la mirada a buscar lo aprendido en otra parte y al revisar los homenajes que el pintor hace a grandes pinceles, que evidentemente han determinado su ánimo en algún momento de su vida. El desfile es claro: Picasso, Modigliani, Balla, Velázquez, Rivera, chamanes, arlequines, elementos iconográficos como sombreros, sonajas, bastones de poder, listones de todos tipos y colores; más las técnicas que se resumen en un reto para fijar la vista en calma y adivinar texturas, metales, luces, brillos, pequeñas oscuridades, estructuras de retablos, música, danzantes, dramas, teatralidades, niñas, flores, toros, anatomías y un infinito de sujetos resultantes de las múltiples mezclas de lo enunciado, con el aderezo de la información de quien mira y el talante del pintor, según su momento y circunstancia.

Otro camino para el abordaje puede ser el de la emoción pura: mirar lo que se ama, decir lo que se quiere, entender lo que se puede, suponer lo que se intuye, reconocer lo que se sabe, tomar lo que se acerca, dejar lo que no cabe, dotar de savia cada veta, evocar el recuerdo del tambor retumbante de la piel, erizar, en fin, el bosque personal en el que se vive.

Quien mire de prisa y deslumbrado por el fulgor del gran Pablo andaluz, las réplicas del Guernica y los arlequines, puede pensar en un trabajo de carácter cubista. Sin embargo, observando detenidamente, no es difícil notar que no es la descomposición de los sólidos que el Cubismo reclama; es sin embargo, un juego visual deconstructivista en el que los volúmenes pueden ser “desarmados” a voluntad y conjuntados nuevamente sin obligación matemática, que tal vez Picasso también utilizó sin conocer el término referente a la deconstrucción pero muy cercano al placer del genio que estructuraba a partir del capricho o intuición.

Esta misma circunstancia, defensora del sentimiento y las emociones que subyuga a los números, puede ir más allá del placer del artista, cuando el talento hace su trabajo y nos entrega ofertas plásticas insuperables como las del enorme Amadeo Modigliani, el de las conmovedoras pieles, contemporáneo a Picasso pero lejano en cuerpo y alma al Cubismo imposible de comparar con la abstracción formal de cuerpos y miradas expresadas en las obras del pintor italiano.

Importante destacar que no se trata de una comparación de calidad entre corrientes disímbolas como las apenas citadas, porque en estos ejemplos como en tantos más, en materia de arte, lo que es válido es la experiencia y personal parecer de quien mira y se enriquece en este hecho que da sentido a la existencia del arte.

Entre la iconografía de Hierro, encontramos algunos elementos figurativos que aluden a ciertos caballos, una especie de cartas de barajas compuestas con la técnica característica del pintor que traen a la mente, en su composición primigenia, las poses ecuestres trabajadas por Diego de Velázquez y que sin embargo, se antojan futuristas en primera instancia como algunas de las imágenes emanadas del taller de Boccioni y el pincel de Balla: Dorados matizados en la dermis del percherón y pátinas sobre láminas claroscuras en su Caballero de Espadas.

Imposible desligar del trabajo de Benjamín Hierro, sus raíces y habilidades. Es claramente conocedor del Sur de América y deja vislumbrar personajes coronados por sombreros evocadores de las regiones andinas, sus bailarines-chamanes agitando bastones de poder, sonajas de adoración divina y acrobacias corporales, solamente comprensibles por quien ha bailado y conoce la danza desde dentro.

Además del gran oficio de Hierro, logrado pincelada a pincelada con mucho trabajo atesorado, el color es la característica que sella en la mente la presencia de su trabajo. Un color o mejor dicho, una paleta de colores de gran versatilidad y que igualmente valora e imprime certeza en los brillantes como en los mates y que se convierte en el elemento transmisor más directo hacia la apreciación de sus observadores.

Estamos frente a colores vivos y elocuentes, que sin embargo, son capaces de llevarnos de la excitación total a la melancolía de quien se viste de lujo para vivir de luto, como los pueblos indígenas de este enorme Continente Americano en el que vivimos, tan melancólico y brillante.

Gracias al color, es muy grato descubrir la naturaleza fragmentada, los pétalos de flores que se salen de su contexto y se integran a los personajes, se vuelven pájaros y bailan llenos de listones y simbolismos, que sólo su creador conoce.

Diego Rivera, tremendo mexicano y artista universal. Entre el amplio abanico de atributos que tiene su obra, Diego es capaz de manejar los formatos del mural de manera magistral, describiendo sus ideas cargadas de mensajes con gran claridad y carácter plástico llenando hasta el último rincón de sus muros y lienzos. El trabajo de Benjamin Hierro alude a este mexicanismo riveriano y va cubriendo cada centímetro cuadrado de las superficies en las que se expresa. Es una forma de ser un barroco del siglo XX, con su legado de historias que contar con la elocuencia de su trabajo plástico.

Su barroquismo tiene que ver con la forma compositiva de las obras, que en algunos casos, presentan soluciones similares a las empleadas para organizar los mensajes plasmados en los retablos: con avenidas en el sentido vertical y tramos en lo que respecta a la horizontalidad. Ejemplos de esta forma de organización pueden identificarse en “Don Ramón de perfil” y “Capoteando al toro en la selva”, donde la segmentación visual permite una lectura más detallada.

Él insiste en su interés por hacer que la obra sea completada por el observador y aunque poco deja a la imaginación, ciertamente, cada quien lleva de manera diferente sus tradiciones y sabores, los recuerdos del papel picado y lo festivo de las celebraciones. Hierro, matérico en la superficie y colorido en su conjunto hace de la danza una locura y del teatro una fantasía factible de vivir frente a sus obras, conformadas de lenguas vivas plasmadas en una forma de expresión que lo distingue.

Es el chamán transformador de los grandes discursos visuales en los vocablos plásticos que lo conforman y transforman en movimientos coreográficos congelados sobre sus telas, vestido de ensamblajes, armaduras y herrajes, indispensables para saciar su inquietud de vivir.

La reverberancia de sus trazos, en fin,  nos recuerda la fuerza del agua en cascadas; cascadas de sonidos que se traslapan y más que la emoción del disfrute, nos permiten triturar las sensaciones y gracias a la propuesta de Benjamín Hierro, en la que cada fragmento toma un nuevo sentido, podemos comprender lo que estremece y conmueve a este pintor.

Margarita Magdaleno Rojas

Santiago de Querétaro, junio de 2012


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