Arte y embestida

Hoy vi cómo se realiza una obra de arte de principio a fin. En el ruedo de la Plaza México, el diestro, recibió su lienzo – ruedo, para pintar – torear, trazo por trazo, la obra de la primera tarde.

El modelo de imponente belleza saltó al coso con la enorme cara negra enmascarada de tintes grises, blancuzcos, que lo definieron con categoría.

Ni siquiera se distinguía por su bravura pero era hermoso, bien presentado, con más fuerza que sus tres hermanos anteriores, todos bañados con una especie de lechada que aclaraba su color básico. Parecía también vestido de luces para el evento.

Quizá por el frío, el animal no se movía tanto y estaba frente a un grande de la tauromaquia: José Mari Manzanares, capote en mano y empezando a coquetear con inteligencia y suavidad, como quien enamora a una mujer hermosa y bien plantada. Había que acercarse a él paso a paso, retarlo a embestir, conquistar la línea de sus movimientos para que los trayectos fueran largos, pausados, llenos de señorío y esa elegancia del toro inteligente del que depende la fuerza del escenario y la atención de los observadores, incluyendo al último cómplice de su vida.

Su hacedor José Mari, con conocimiento, temple, fuerza y sin prisa se enfrentó al modelo que daría carácter a una obra que queda pintada en las retinas, esculpida en el corazón y bordada en cada fragmento de piel del torero.

Llegó el momento y todo cambió. Parecia un cuadro en proceso donde se  mostraba cada pincelada del artista que lo iba componiendo. Definidas las líneas, los puntos de fuga, los focos de atención, la cabeza flamante, las curvas del cuerpo de ambos, embonados en un acto de amor en el que predomina la belleza es como se compone, se ilumina y se distingue la fiesta brava.

Los metales sonaron para dar entrada al picador que llegó con cautela y como el mar, se acercaba y alejaba acompasadamente, buscando el beneficio del toro que logró derribarlo provocando una escena que perdurará en la memoria del gran políptico de la faena de esta tarde. La embestida se dio y cambiaron los ritmos de todos. El arte de la pulla había cumplido con su cometido de asentar al toro, templarlo y hacerlo embestir con más fuerza, no sin haberse dado el gusto de derribar estrepitosamente al picador y su montura, contra las tablas y frente a todos, cobrándose la afrenta.

El torero cambió el tono de maestro a amo, después obedeció y aprovechó la rabia de su animal amigo y empezaron a danzar un baile que se inventa paso a paso, que cambia con el latido de sus corazones y se dibuja en instantáneas fijas para toda la vida.

La espada llegó a las manos del torero – pintor, que hundió el metal hasta la empuñadura y como en una coreografía, los monosabios empezaron a girar entorno a los partícipes de la gran faena, bien elaborada, trabajada palmo a palmo, pincelada a pincelada en la que los obstáculos fueron vencidos para redondear una tarde fría y llena de ilusión, entusiasmo y torería, como las atmósferas de los románticos pintores decimonónicos capaces de fijar la humedad, la brisa y el ambiente como en las obras de Turner combinadas con la fuerza musculosa de la torería presente en Goya, de donde nos llega el resuello de los artífices de la lidia.

El toro cayó y había expectación. Con grandes aplausos y algunos desacuerdos el juez de plaza entregó la primera oreja de la temporada. Quedó el clamor, la emoción que borda las pinceladas del cuadro de nuestra memoria, la gente se pone de pie y el torero – pintor ha entregado su arte, inédito y complejo, con giros rítmicos y trayectorias compositivas para fijar en cada mente y corazón el trabajo de cada uno creado con el artista del capote y la espada.

Ya es de noche, el frío golpea, el público paladea todo lo que vio mientras se dispersa. Entretanto la plaza recupera la posibilidad del reposo y el torero, nuevamente se convierte en hombre terrenal.

Imposible no pensar en los grandes artistas de la fiesta brava: el gran Picasso, Goya, Calderón Jácome, Ruano Llopis, sólo por citar algunos que han comprendido la carga anímica y estética de la luz y el color, los trazos retadores de formas geométricas y abstracciones formales llenas de belleza: universos de luz y sombra, de vida y muerte; técnicas llenas de expresión, también blanco y negro como en los grabados de los muy grandes y las fotografías de los siempre presentes en la fiesta. Rezos y angustias, amores y despechos, valentía y terror, pasión pura que nos mueve a tantos.

Para comprenderlos hay que mirar la fieta en vivo, hurgar en las entrañas del amor por el toro, ver cómo se pinta un cuadro en el que el artista torea su lienzo y busca la manera simbiótica que le permita comprender a quien lidia, pero también, bufar si es preciso, como el toro – modelo que quedará eternizado en la garganta de la plaza tanto como en la obra de arte de quien esculpe, graba o pinta ese fragmento de vida que le dará la gloria.

Ahora hay que mirar al cielo: la luna brilla con la plenitud  del último toque en la obra de arte.

Margarita Magdaleno R


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