Rufino Tamayo: Éxtasis del color

El título de esta colaboración alude directamente a la exposición del Maestro Rufino Tamayo que actualmente, engalana una buena parte del Museo de Arte Moderno en el Bosque de Chapultepec de la CDMX.

Hacer una primera escala entre los árboles del bosque, siempre es una garantía de recuperación del equilibrio emocional después de 300 kms entre carretera y una buena fracción del Anillo Periférico de la ciudad más grande del mundo. Pero desembarcar del auto y entrar al espacio que contiene una extraordinaria colección de uno de lo grandes artistas mexicanos, es un privilegio que mucho se disfruta.

Se trata de una muestra selecta con piezas de diversas técnicas, tamaños, temas, formatos, mensajes y exquisitas caricias a la sensibilidad, la fuerza y el buen gusto provocados por el gran Tamayo, que extrañamente, poco se ha expuesto en México. Pasaron 41 años sin que tuviera una gran exposición.

A 26 años de su fallecimiento, el MAM le hace este homenaje compuesto por 50 obras tan diversas que la curaduría resulta indispensable para comprender los mensajes que se leen en una museografía de ámbitos espaciales concéntricos, de alguna manera, obligados por la arquitectura del recinto que los recibe.

Tres grandes temas componen la muestra: En busca del arquetipo, De México al cosmos y Por una geometría del espacio; títulos que nos hablan de la agrupación de las obras. Es difícil decir que tal o cuál es la obra que más destaca porque depende de lo que se muestra. Podemos sorprendernos con el enorme mural que siempre hemos visto en el Museo Tamayo y que aquí ocupa el lugar central con muchas más posibilidades para el disfrute de mirar a distancia.

Hay obras que son propiedad de particulares y que nunca se habían visto, otras que siendo parte del acervo del MAM tampoco es fácil seguirles el paso porque sus formatos y compromisos no favorecen itinerancias ni frecuentes exhibiciones. Esta vez se trata de una muestra que exhibe la búsqueda que hace Tamayo de la geometría en la abstracción.

Personalmente me arrancó una sonrisa ver a su Rockanrolero de 1989, elegantemente puesto, cuando yo lo conocí acabado de pintar, sin marco, colgado en el comedor de su casa, para después admirarlo como la pieza más importante de una exposición que curamos y montamos, con ayuda del Mtro. Sergio Cárdenas, que llevó como título “La música en las artes plásticas” exhibida en el Museo de Arte de Querétaro.

Pero igualmente me sorprendieron muchas obras que no conocía, llenas del color mágico que lo caracateriza, algunas de una sencillez insuperable, con elementos destacados como la candidez o fuerza de los personajes, el color indescifrable, la solemnidad o simpatía de los personajes que nos miran, comen sandía o llenan el espacio con un impacto difícil de describir, como el magno retrato de Olga Tamayo de 1964, que llena literalmente la atmósfera con esa presencia que arrasa.

Otra gran pieza es el mural Homenaje a la raza india de 1952 que llevaba 20 años sin ser expuesto, con la mezcla-transición de la figuración al abstracto, que nos hablan de dos procesos de Tamayo con el cuerpo.

Su curador de siempre Juan Carlos Pereda brindó asesoría y junto con la Directora del MAM, realizaron la curaduría, que sustenta el recorrido pero sobre todo, la comprensión de la lectura que se hace, desde el mural hasta una caricatura en la que el líder retratado está ladrando mientras que sus seguidores le aplauden ruidosamente.

También la revisión de los trabajos de desnudos permite un análisis de los aspectos del cuerpo y la geometría, así como la asunción de los seres humanos sin investiduras pero con almas. En otras obras vemos el don primitivista que Tamayo tiene para expresar los colores y las formas de los que los humanos no escapamos y que nos identifican iguales pero distintos.

Una de las obras más conocida, propiedad del MAM, es “Las músicas dormidas” de 1950, con la belleza de los colores del duermevela, la composición y el ambiente que descansa y que nos ha llenado las pupilas en muchas visitas al MAM.

Personalmente, me atrapa la intimidad de Tamayo, la distinción de la ética muralista de aquellos tiempos. Estamos frente a un autor independiente que tuvo pasión por la gente de su tierra y que se colocó en su ininterrumpida experimentación que lo mantuvo siempre joven, analítico y seductor de las más exigentes miradas.

Y si después de la visita que se haga al museo, se quiere ver algo más cósmico del gran Tamayo, hay que ir al lobby del hotel Camino Real que se encuentra a unos cuantos metros del Museo para ver su mural “El hombre frente al cosmos”, que es de verdad, una gran obra.

Margarita Magdaleno R.


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