La presencia de algo ausente: Obra pictórica de Frank Hursh

“La historia del arte, en su preocupación por el significado, ha obscurecido nuestro reconocimiento de la presencia de la obra de arte” George Didi – Huberman

Estamos frente a la obra de un artista muy completo. Templado a lo largo del tiempo, que aprovechó las oportunidades que se le han presentado y que empezó por las bases de un dibujo preciso con marcas de calidad que se convirtieron en el hilo conductor para asumir la fuerza y requerimientos del arte abstracto, en un tránsito temporal que se origina en los años del Expresionismo Abstracto Norteamericano de la postguerra y que sobrevive hasta hoy, con otras formas y otros conceptos sustentantes. Y confieso aquí, que la revisión completa de su trabajo implica un orden que asigne rubros a cada tema y describa el tejido de los motivos, géneros, temáticas que él ha desarrollado y que más le interesaron en diversos tiempos. En su trabajo encontramos desde dibujos animados hasta esencias espirituales convertidas en lirismo puro sobre sus lienzos.

Si quiero encontrarle ligas y descendencias, a veces veo a Gottlieb y al Pollock de las influencias de los navajos y del goteo armonioso de cadencia del corazón; hay fibra en la gestualidad de trazos fuertes, anchos, aplicados más con brochas que con pinceles a la manera de Kline; o brincar de continente y encontrar su admiración por el Informalismo español de Tapies y la comunicación de líneas tenues como en los juegos del automatismo….y de esta manera podríamos pasar lista a los grandes y encontrar reflejos, verdaderos o forzados por nuestra imaginación, porque la historia se hace presente y el Abstracto fue universal a pesar del desasosiego que provocaba hasta en los ambientes más permeados por la crítica de arte de una época, en la que la imaginación reinaba y cada quien alucinaba sus propias conclusiones, aunque nada tuvieran que ver con los motivos del artista.

Con el trabajo de Frank, me encuentro con la inteligencia y la habilidad de la técnica juntas….Creo que a eso le podemos llamar talento.

Líneas que inician, continúan y de pronto se rasgan para dar paso a las hendiduras -que yo veo, y asumo- en la superficie que quisiéramos tocar, como el Tomás incrédulo, para saber si hay algo que se guarda dentro y mueve la emoción frente a esas composiciones de líneas y colores que no me atrevo a interpretar. Mejor contemplo, siento la sangre que me recorre, me sonrojo con la temperatura del color, con el espíritu que no veo. Kandinsky hablaba de lo espiritual convertido en material tangible, sin intención, sin sentido pero con gran presencia. Contemplar la pintura me permite sentir que me acerco a verdades trascendentales, aunque no sepa cuáles, pero capaces de transformarme por dentro; como cuando entro a un museo sin buscar algo en particular y salir sabiendo que ya soy otra que se transformó con el solo hecho de mirar.

Son líneas y colores en los que no hay objetos, definiciones ni signos. Y tampoco es que el artista plasme ideas en los colores o atribuya formas a la  conjunción de líneas que él organiza para entregarnos, justamente, la presencia de algo ausente; es la imagen de algo que no está.

Es arte. Mismo que no podemos reducirlo a la función de reflejar símbolos concretos. Si acaso, podemos pensar en una cierta forma de entregar emociones. Es un lenguaje visual que a veces nos hablará de razonamientos y en otras será lirismo “puro y prístino”, como Frank expresó muchas veces a propósito de su manera de presentar su arte.

Yo no quiero hacer interpretaciones con fines determinados, ni imaginar historias que seguramente saldrían de mis adentros sin que tuvieran nada que ver con el artista que nos ocupa. Creo profundamente que el arte se autogenera sin necesidad de mis interpretaciones; y cuando yo, observadora, entro en esta dinámica, es cuando estoy frente a una obra de arte, que nada tiene que ver con simples ilustraciones de una realidad modificada a mi entender.

Para acercarse a trabajos como el de Frank Hursh, hay que perderle el miedo a sentir y soltar el manipuleo de la figuración, que creemos dominar, y nos patrocina el sosiego aparente de haber “entendido” lo que al artista, seguramente, no le interesaba expresar. Se nos olvida que el arte tiene, digamos, una vida aparte de quien lo creó. Tal como dar a luz a un ser independiente. La obra de este artista tiene que ver con la experiencia personal y de allí, un infinito de posibilidades se desatarán de manera imposible de frenar.

Yo no se si lo que veo tiene que ver con el artista o conmigo. Es un abstracto que a ratos busca anclajes en la figuración y dan ganas de inventar, pero en realidad son atmósferas, muestras de enorme calidad donde yo no encuentro las palabras sino el lenguaje visual. Es algo que va de corazón a corazón, del pensamiento a la emoción, de la razón a lo impensable.

Su gestualidad me atrapa…. Es pura abstracción plasmada fuera de los cánones de la línea del tiempo, sin posibilidad de apresar su energía entre las formas.

Desfile de colores inusuales; dimensiones pictóricas interrumpidas por tramos, que me dejan pasmada por instantes para tomar un respiro y entonces, seguir el recorrido de cada lienzo saturado de pasiones y sentimientos.

Contrastes que desvanecen el púrpura para dar paso al turquesa o que entrelazan las densidades del rojo, marrones, blancos pastosos en celtas combinaciones, fusionadas en los límites del equilibrado pincel que les permite tener presencia. “Sombras y cortes” que llenan las atmósferas de Frank Hursh. Imposible ponerles título, tal como lo hace el pintor; con expresiones rayonistas en algunos casos, muy cuidadosas, que van llenando las superficies con  trampas visuales, que rítmicos y consecutivos, nos llevan a la contemplación.

Por eso es inútil que quien se acerque con fines de encontrar trillados sentidos o historias ocultas, pueda sentirse complacido. Tampoco podemos hablar de pintura, simplemente colorista porque los pigmentos, aquí, no son frivolidad ni fiesta. Van allí, puestos como un destino. Su pintura o fluye o explota; reta a la inercia y la detiene a voluntad, a pesar de la fuerza que la mueve.

Frank va de extremo a extremo en la expresión. Por eso, si queremos ver narraciones, revisemos sus animaciones. Él es capaz de plasmar las historias de otros sujetos y dotar a los personajes con la atención que requiere el trabajo narrativo.

En las memorias que ahora se presentan, él nos dice que quiere que “los observadores vivan la misma experiencia que él vive cuando se pone con la mente y el lienzo en blanco, hasta convertirlo en su propia investigación y resultados”.  Establece claramente que “ La aportación del artista radica en la habilidad, profundidad e integridad de él mismo”; y yo me atrevo a pensar que la aportación del observador es exactamente igual, con la ventaja de tener el placer que sólo el arte propicia.

Ahora, se trata de presentar el libro de sus memorias. Nos falta un catálogo resumido, razonado, de su obra plástica, sin distracciones, con pormenores y sutilezas, encaminado a la difusión de una obra que hay que guardarla como una gran experiencia del arte que recorrió el puente del tiempo, entre las glorias de Black Mountain School y la Postmodernidad que organiza pedazos de historia para sobrevivir en este tiempo.

Margarita Magdaleno Rojas.


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