La línea del tiempo

El título de esta colaboración puede escucharse como una frase trillada que muchas personas utilizan como las tantas muletillas que flagelan el lenguaje. Sin embargo, la importancia que tiene esa expresión es verdaderamente trascendental; es decir, que va más allá de las medidas del tiempo.

Probablemente los historiadores son los profesionales que más y mejor la usan porque su disciplina lo requiere como antecedente de sus trabajos que hablan de la vida de hoy que mañana será historia, irremediablemente. La historia describe la vida del mundo y sus habitantes, con maneras de pensar, sistemas políticos, características étnicas, avances tecnológicos y por supuesto: arte. Todas las áreas de la vida se ligan con la historia que recopila información y testimonios, sean éstos tangibles o intangibles, como la voz, para cuya preservación ahora, se tienen los medios, textos, fotografías, objetos y arte en todas sus expresiones.

La historia, nuestra historia, le dan sentido a nuestra vida y la vida de las naciones y los pueblos. Es la posibilidad de saber de dónde venimos y pretendemos saber hacia dónde nos dirigimos.

En el arte, la línea del tiempo, le da sentido a lo que estudiamos y lo que vivimos; nos permite entender el pensamiento de los hombres de todos los tiempos que vamos observando con detenimiento hasta lograr la magia de comprender, que en materia de arte, nos liga con la tremenda emoción de sentir a partir del contacto que establecemos con las propias obras de arte, la lectura de los textos de otros tiempos, el análisis de otras obras igualmente valiosas que pueden llegar a nosotros como todos los materiales cibernéticos de los que disponemos.

La palabra “línea” probalbemente nos empuja al cometer el error de pensar que la historia es plana y que como la leemos ahora tiene que ser ordenada, estrictamente con una lógica, que muchas veces, no existe porque no hay nadie que pueda dar fe de manera universal y que cada persona expresa lo que ve y a su manera, incluso los historiadores.

Pero lo interesante de revisar una línea del tiempo radica en el hecho de poder comparar lo que sabemos de muchos confines distintos, ver lo que sucedía en lugares distintos al mismo tiempo e ir armando un rompecabezas que nos dará nuevas luces acerca de lo que estamos estudiando.

Para ventura de quienes disfrutamos y estudiamos el arte, armar una línea del tiempo, es tópico obligado porque por mucho tiempo, el arte dio fe del acontecer del mundo y sus emociones, circunstancias, filosofías de vida, descripciones de los entornos, la manera de vestir, los asuntos que han entusiasmado a los hombres (no como género sino como humanidad en su totalidad). Y claro, de muy especial manera, lo que descubrimos cuando revisamos el pensamiento de lo que refleja el arte, las técnicas utilizadas, los intereses de los compradores, el tamaño de los espacios, la jerarquía que asigna la posesión de obras de arte y tantas cosas más, ligadas con la sensibilidad de los humanos.

La manera de leer una línea de tiempo es comparando la información simultánea de, por lo menos, tres sitios distintos para saber cuál era el marco social e histórico en el que nace la obra que estemos estudiando. En la línea del tiempo, se pueden analizar datos locales, internacionales o de los lugares donde había más interés por esos temas que se estudiaban. Es una enorme herramienta imposible de soslayar.

Un ejemplo muy claro puede ser analizar lo que sucedía en España mientras en México, el Imperio Azteca era comandado por el gran Cuauhtémoc. En Europa, la atención estaba puesta en los renacentistas: Miguel Ángel nace en el último tercio del siglo XV y muere, poco después de haber pintado la Capilla Sixtina, por citar un hecho bastante conocido del tan importante tiempo del Renacimiento.

Cuando nos enteramos de esta información, que va más allá de fechas frías, podemos entender el sopor en el que cayeron los habitantes de estas tierras y las providencias que tomaron los españoles que estaban cumpliendo con un enorme compromiso evangelizador. De allí los nuevos templos para adorar dentro de un espacio – el templo – a un solo Dios; mientras los indígenas adoraban a cielo abierto en la cúspide de sus pirámides a sus tantos dioses. También podemos comprender que a esos templos, que en Europa eran tan naturales, acá les hayan tenido que construir uno de los mejores ymás creativos y hermosos inventos de la época: las capillas abiertas, para poder oficiar la misa y congregar al pueblo al aire libre, en el atrio, como era su costumbre, entorno a las pirámides que miraban al cielo.

Contar con esta información nos permite entender las penurias del arte del siglo XVI en América, especialmente en la Nueva España, que acabó por ser maravillosamente distinto, con sus almenas a manera de fuertes o castillos medievales, bordeando las azoteas de los conjuntos conventuales.

Pero esta misma línea del tiempo nos lleva al conocimiento de las religiones preponderantes en ese momento y en este país; es decir, la religión politeista devota y comprometida con los dioses del sol, la lluvia o el viento u otros como los dioses de la guerra o la muerte frente al Dios único y verdadero engendrado en el Cristo redentor. Es justo frente a estas premisas que la cultura politeísta acepta a Cristo como un ser sangrante sumiso y hermanado con los sacrificios de los indígenas. Es la sangre la que los unió más allá de las estructuras ediliceas.

Si queremos acercarnos sin miedo al arte, no podemos prescindir del conocimiento de la historia y su orden, sus tiempos y sus características. Y tampoco es importante que se trate de un arte figurativo o absolutamente conceptual, el tema es entender el pensamiento que lo genera.

Personalmente amo la arquitectura virreinal tanto como el mundo prehispánico, pero también mi corazón se conmueve si veo a los pintores del siglo XIX con toda su comprensión del Romanticismo, me estremezco con los muralistas mexicanos y vibro hasta lo más profundo con las espléndidas manifestaciones del arte abstracto o quedo inmersa en las cavilaciones conceptuales de un gigante como Duchamp por loco que les parezca a quienes dan muestra de desconocerlo y se van con la expresión de ¿Qué es eso?

No soy historiadora pero no puedo prescindir de la historia y tengo la obligación, también de conocer la historia escrita de la historia, llamada historiografía y entiendo yo: la memoria de la humanidad. Por consiguiente, es una asignatura por abordar con seriedad y de muy especial manera, para quienes buena parte de nuestro trabajo radica en escudriñar imágenes.

El arte no es solo nos habla de la historia de la humanidad, es la mejor manera de sentir las emociones que han experimentado los humanos que nos acompañan y nos han antecedido.

Margarita Magdaleno R.

 


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