La belleza del toro

Imposible quedar impávido frente a la belleza que propina la fiesta brava. Es una feria de color, desfile de personajes que oscilan entre las modelos de televisiòn y los gozadores del toro que valoran hasta la altura de la muleta para incitar al protagonista a que pase, y en su lentitud, le gane las palmas al público para reconocer la tauromaquia de los partícipes de semejante fiesta.

Los buenos toreros son la voz cantante de esta fiesta, quienes con inteligencia, habilidad y una enorme audacia y disciplina se acercan a la bestia llena de gracia y la llevan con encanto y voluntad hasta donde su talento da y los artistas plásticos consiguen convertir ese trance de amor en obra de arte.

Ni de lejos pretendo hacer crítica del mundo del toro. Pero no puedo apartar la vista de lo que allí sucede: cada pase del toro embistiendo al capote que lo engaña y lo encanta, las abstracciones formales que se quedan más allá de la retina y van conformando el performance de cada tarde de toros. Es un espacio lleno de artistas que forman parte del escenario que se transforma en un par de horas desde la jiribilla de la organización, la transformación del escenario, el juego de los artistas, las miradas del público que todo lo juzga hasta llegar a la profunda soledad, otra vez, del coso cuando ha cumplido con su cometido. Ahora está vacío y el performance quedó pausado hasta la próxima ocasión.

Pocos eventos en los escenarios del mundo pueden ofrecer tal cúmulo de posibilidades tanto emocionales como plásticas, llenas de viveza, de arte, técnica, opiniones, esfuerzos y la participación voluntaria de tantos seres llenos de emoción y bavura.

Qué clase de espíritu sustenta a este fenómeno tan humano que a cada momento y en cada rincón nos ofrece un motivo para el arte, la belleza y la estética del mundo del toro. Es una oferta para los paladares que saborean lento, con calma y lleno de placer, belleza, elegancia y gusto. Es una obra abierta para que cada persona del público que se involucra con todos los hacedores y esos mágicos seres que son los toros. Es un mundo mágico en el que la adrenalina se comporta como gran impulsor de la belleza.

El toro, por su parte, nació hermoso. Es fuerte, bravo, respondón a las incitaciones y bravucón consumado que se arriesga hasta la muerte para hacer que el otro, si tiene los tamaños, se gane la victoria. Si no es valiente , observador, paciente y grande de alma, no merecerá que el toro entregue su bravura como premio.

Es un escenario múltiple que incluye hasta las imágenes devocionales de la fe, colocadas en fervientes capillas llenas color y súplicas generalizada hasta las presencias blancas de quienes tienen la tarea de ayudar a preservar la vida cuando el toro ha brincado sus campos y quien lo azuza no ha sabido escapar de ello. Es el performance de la vida delimitada en unas cuantas horas, en círculo mágico y un aturdimiento que mezcla las emociones más intensas que tenemos los humanos.

Y en todo esto, los valores estéticos y visuales no cesan de presentarse: casta, codicia, torería, valor, inteligencia y tantos más, que se transforman y llegan a nosotros en calidad de imágenes de calidad compositiva, sensaciones variadas y color.

Cuando miramos la estampa del toro se habla de que tienen una gran “lámina”, como aquellas imágenes que vienen a nosotros en forma de cuadernillos. Y en ellas podemos ver no sólo cómo ha sido la vida del toro sino el sello que tiene la casa de la que proviene. Allí vemos la magia del arte: Hacernos ver de manera tangible, lo intangible; es decir, paladear la energía de la bravura, la valentía, la herencia, la sangre que se lleva en las venas. Y allí ya entramos en el campo que se comparte entre el torero y el toro; sin dejar de lado la casta, también, del público que se imvolucra, respeta y reconoce.

Es increíble que en esas laminillas que observamos podamos reconocer atributos como la dulzura del toro que el torero extrae en cada pase y el artista plasma en imágenes extraordinarias y muchas veces con marcadas características de las antiguas y nuevas generaciones de los toros que han cambiado su belleza externa y de pronto tenemos en el ruedo un toro de cuerpo casi blanco y cabeza negra o de lomo blanco como un rayo dorsal y patas profusamente negras, de cornamenta más abierta, pescuezo largo y enorme…y todo eso moviéndose en el ruedo al ritmo de las chicuelinas del gran torero.

Todo lo que sucede en un coso taurino en una tarde de fiesta brava no es otra cosa sino una representación viva y veloz de los valores conceptuales de las nuevas formas de presentar el arte. Si por un instante fijáramos las escenas podríamos entrar en un trance que simulara un museo pero nunca igualar la belleza de las imágenes vivas ni de las emociones latentes que transmiten los protagonistas y de las que formamos parte el público asistente. Realmente se trata de profundos actos de magia que nos hechizan por unas horas.

Ahora nos toca, a quienes en ello estamos, hacer el análisis de todo esto y extraer aun más las esencias que nos permitan entender el mundo a nuestra manera. Si entre ese público hay talento artístico habrá que ver las maravillas que puedan aportar en ese torrente de sensaciones experimentadas y generadas al mismo tiempo.

Las imágenes de esta fiesta, no son por consiguiente, exclusivas del arte figurativo que busca a veces retratar lo que se mira a imagen y semejanza. Va mucho más allá, traspasa hasta lo intangible del pensamiento, la habilidad, el talento y los sentimientos, el susto y el frenesí, volcados sin duda en la fiesta brava.

Margarita Magdaleno Rojas


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