Ambientes y circunstancias de las Artes Visuales en 100 años de vida en Querétaro

“Dentro de largos períodos históricos, junto con el modo de existencia de los colectivos  humanos, se transforma también la manera de su percepción sensorial” Walter Benjamin.

“El Señor Presidente ocupó la mañana en visitar algunos puntos de la ciudad, fue al Palacio Federal antiguo claustro de los agustinos, notable por su maravillosa arquitectura barroca, monumento de la belleza del arte colonial. Fue también a la Academia, vasto salón escolar donde el Congreso Nacional discutió la tremenda cuestión de la paz o la guerra con los Estados Unidos de Norteamérica, en 1847, en dicho salón se dispusieron hermosas pinturas, todas obras de señoritas queretanas, excepto algunas del prestigiado artista Presbítero José María Mosqueda, la colección de lienzos antiguos del famoso Miguel Cabrera le llamó la atención, demostrando su acertado gusto artístico al fijarse especialmente en el cuadro que los inteligentes han declarado como el mayor mérito….” (Rodríguez F., p. 61, Efemérides Queretanas)

Este breve texto narra de manera clara cuál era el ambiente y la circunstancia que reinaba en materia de artes visuales en Querétaro en el año de 1903; es decir, se tenía claro que la época barroca había llenado de gloria esta ciudad y el arte de los queretanos, acostumbrados a que hacer arte, casi era privilegio único de la Iglesia, donde se encontraban las condiciones para poder ordenar que el arte se hiciera a partir del medio de comunicación que permitían y han propiciado siempre tanto la pintura como la escultura, con dinero y la ley divina a su favor, los espacios religiosos eran elemento básico de una catequesis que no requería de la singularidad de leer y escribir, sino que se trataba de ser privilegiado en la fe para entender que la belleza suprema es privativo de un solo Dios, Hijo, Padre y Espíritu Santo de manera simultánea.

Las señoritas decentes, asimismo, debían engalanar sus atributos con el desempeño de alguna virtud artística, que frecuentemente, era el gusto por la pintura, tal vez en remembranza de las beatas vitebinas que parte de su afán y talento lo empleaban en decorar con exquisitas pinturas en miniatura que decoraban las portadas de los misales.

Pero sobre todo, se trataba de halagar al Señor Presidente Don Porfirio Díaz y a su fina y preparada esposa, Doña Carmelita, que se conocía también por ser benefactora de artistas capaces de transmitir las bellezas y valores de México en el Viejo Continente, tal y como fue el caso de Diego Rivera, quien gracias al Gobernador Dehesa y la primera dama de México, consolidaron una importante colección para Veracruz, del joven Diego quien dudó en entrar de lleno al cubismo en Francia, con tal de no perder el estipendio que en tierras europeas le permitía vivir la bohemia y asistir a los mismos lugares de esparcimiento de todos los cubistas, Picasso en primera línea y el batallón de surrealistas que a la postre adoptaron a México como el más surrealista de los países del planeta.

Como se puede ver en el fragmento citado, Querétaro contaba ya con una Academia para la enseñanza de las Bellas Artes, como resultado de haber instaurado, en el siglo XVII, la de la capital del país a imagen y semejanza de la Real Academia de San Fernando en Madrid. Sin embargo, no era, ciertamente, la escuela con mayor demanda de estudiantes.

En Querétaro, cierto es, que durante muchos años, el gusto por las artes plásticas, se limitó a las emulaciones del arte clásico, de proporciones perfectas y la mayor cercanía posible con la realidad, sin osar representar y mucho menos aceptar que exista una manera diferente de ver el mundo a través de las nuevas expresiones del arte. Lo bello era figurativo, romántico, protocolario, de temas lindos y técnicas reconocidas. Algo diferente, era considerado bohemio, inseguro y cuestionable. Y tuvieron que pasar más de cincuenta años para que la percepción cambiara.

De esta manera, en aquel Querétaro pujante al cual Porfirio Díaz veía con posibilidades de convertirse en un centro de gran desarrollo industrial, el arte se limitó a la música y eventualmente se aventuraba con cautela en tierras literarias. Había disposición para divertirse con las múltiples presentaciones de zarzuelas, tardeadas en el Jardín Zenea , tertulias en el Casino y algunos importantes eventos de carácter privado que algunos mecenas de excepción, como Don Fernando Loyola y Fernández Jáuregui, quien en su casa, la Hacienda de Juriquilla, realmente hacía importantes presentaciones artísticas en las que su familia y sus amigos, participaban tanto como artistas y como invitados gozosos a disfrutar de sus propias composiciones, excelentes voces y mucha diversión.

Y aunque es evidente que las artes plásticas buscaban sus cauces, no había un registro o crónica rigurosos que nos permitieran tener certeza de lo que iba sucediendo en este campo de las Bellas Artes, mientras en Europa las más importantes vanguardias se daban cita en todos los espacios habilitados para presentar exposiciones de toda índole. Por allí desfilaron los más grandes artistas y maneras de hacer arte: postimpresionistas, expresionistas, cubistas, surrealistas, dadaístas hasta llegar poco a poco a los abstractos, tan intrincados para la mayoría de los públicos, quienes sin embargo, oscilaban entre las guerras y reunían, una a una, todas las piezas que ahora disfrutamos como las más importantes colecciones de arte moderno y contemporáneo.

La capital mexicana no era la excepción, entre revueltas y pobreza, la fotografía se había asentado como posibilidad de expandir las imágenes que antes sólo eran privilegio de la pintura. Ahora había que dar fe de los protagonistas del movimiento de la Revolución Mexicana, con imágenes reales de la vida y la guerra nuestra que tanto esfuerzo y pánico costó.

En un México con altos índices de analfabetismo, José Vasconcelos enarboló el valor del trabajo de los artistas plásticos, quienes, a su manera, tenían que catequizar en pro de un México libre, que enfrentaba nuevos retos para abolir la corrupción y de especial manera, las violaciones a la democracia, mediante un movimiento artístico de enormes dimensiones y raíces, capaz de impactar mucho más allá de las fronteras y demostrar en países como Estados Unidos de Norteamérica y Europa, que México era capaz de innovar sus modos de hacer arte, haciendo surgir la Escuela Mexicana de Pintura y el Muralismo, especialmente, como nuevas y originalísimas formas de expresarse.

Poco a poco, la euforia porfiriana fue acallando sus compases acercándose al nuevo México que había que reivindicar después de la Revolución. La firma de la Constitución que hasta hoy nos rige a los mexicanos, selló en esta tierra queretana, el nuevo compromiso de crecer y modificarnos en todos los ámbitos.

La ciudad compuesta por barrios se organizaba de manera distinta, con pecualiaridades que la caracterizaban en cada fragmento de tierra, donde los habitantes apelaban a la destreza de las artes populares para celebrar sus fiestas y compartir sus viandas. El arte de las más altas esferas sociales, el que se había quedado paralizado con la caída del Porfiriato, no daba luces de escuchar los ecos de la capital y mucho menos del continente del otro lado del océano; seguía romántico y decimonónico, con más industria y modas diferentes pero igual que en los últimos años.

Un queretano excepcional, con sensibilidad distinta y fuerza suficiente, logró para la ciudad un primer museo que acercaría a los queretanos a sus raíces y a los artistas les abría la posibilidad de contar con un espacio de sensibilidad distintas: Germán Patiño (1879 – 1963), con dos de sus alumnas y sus propias manos, restauraron el exconvento de San Francisco para convertirlo en el primer museo formal que tendría Querétaro con una serie de obras realizadas en la Academia de San Carlos durante los concursos de los estudiantes y que estaban condenadas al fuego si no se hubieran solicitado para beneplácito de los queretanos que gustaban de imágenes claras, románticas y casi perfectas.

Por otro lado, los estudiantes de la Academia queretana, tendrían por lo menos, algunas obras para observar con tiempo aquello que pudieran aprender de lo que se había realizado en la gran Academia de la ciudad de México.

Hasta que en 1936 el Museo queretano se convertía en Museo Regional de Querétaro, dependiendo del INAH, con un presupuesto limitado pero seguro que permitiría al Prof. Eduardo Loarca Castillo, su nuevo Director, trabajar con más orden y seguir reuniendo piezas para su acervo.

Mucho antes de que Querétaro llegara a estas posibilidades culturales, quizá el más importante de los artistas plásticos queretanos del primer cuarto del siglo XX, Abelardo Ávila (1909- 1974), no había tenido ni el apoyo ni la orientación de profesores que lo conectaran con el mundo del arte. Desde su natal Jalpan y hasta la ciudad de México, llegó como por obra del milagro hasta un gobernante que se conmovió con sus dibujos de niño haciéndolo venir a la capital de su estado para luego empujarlo a llegar a la ciudad en la que la cultura hervía, pero era cerrada, complicada y desconocida para él y que sin embargo, no fue suficiente para frenar el talento del enorme grabador que fue, alentado hasta por grandes críticos como Antonio Rodríguez y artistas consagrados como Rivera, pero que nunca, en su momento fue ni siquiera conocido en su tierra.

Esa tierra y su capital con uno de los centros históricos más valiosos del país, equivocadamente comparado con un museo, donde nada más lejano de la ciudad que respira eterno movimiento y vida. Desde entonces y todavía, de características de horizontalidad entre las que destacan las turgentes formas de las más de veinte cúpulas, no contaba con grandes espacios abiertos dados los huertos de los conventos; por lo que tenía que hacer uso entusiasta en los espacios que permitían compartir el solaz de los paseos en espacios públicos como la Alameda Hidalgo, la Plaza Corregidora, la Plaza de Armas, el Jardín Zenea, el de San Antonio, el Guerrero, la Plaza de los Fundadores, la Plaza Constitución y unos cuantos espacios más pequeños a manera de plazoletas: La Merced. Sta. Clara y mucho más tarde, la que ahora se conoce como Mariano de las Casas o el pequeño espacio que se abrió frente al Teatro de la República, antes de Iturbide.

Estos espacios de gran carácter, eventualmente, también han sido tomados por el arte de gran talla; siendo tres los realmente importantes: la Plaza Corregidora con el conjunto escultórico de Carlos Noriega, el monumento a Hidalgo ubicado en la Alameda, elaborado en la Fundición Artística Mexicana, así como la Plaza de Armas con la escultura del Marqués de la Villa del Villar del Águila. En los últimos años y sin comparación con los espacios antes mencionados, fueron colocadas en otros espacios públicos, diversas esculturas de Juan Velasco Pardomo, profesor de la Facultad de Bellas Artes de la UAQ.

Los pronósticos de Porfirio Díaz para el Querétaro industrializado, se convirtieron en realidad mutando las haciendas, obrajes y trapiches de antaño por industrias metal-mecánicas, de productos alimentarios, constructoras, refresqueras, golosinas y algunas de carácter editorial, que trajeron un auge económico importante para la población así como la generación de distractores para la cultura.

Muy lejos quedaron los mecenas como Don Fernando Loyola y muy pocos son los empresarios interesados por fomentar la franca participación de jóvenes valores de la plástica queretana. A cien años del Porfiriato, se sigue suspirando por el arte académico, protocolario y casi perfecto que tan lejano se encuentra de las nuevas generaciones.

Esta ciudad tan industrial y añorada, permaneció en una espera cultural que solamente se vio transformada hasta las década de los años setenta y ochenta. El gran salto de lo rural a lo urbano, estaba dado y su condición de ciudad de paso, le había permitido conservar su patrimonio arquitectónico en buenas condiciones y su desarrollo urbano bajo control. Pero en materia de arte el rezago era fuerte y resultaba inminente hacer algo para modificarlo.

Importantes artistas habían trabajado con su mejor esfuerzo para contar, dentro de la Universidad Autónoma de Querétaro con una escuela que fuera la continuación de la ya lejana Academia, también llamada San Fernando. Agustín Rivera, Miguel Epardo, Salvador Diez Marina y Restituto Rodríguez, en diferentes aspectos, fueron pilares del arte en esta entidad; sobre todo por su tenacidad para trabajar: Rivera, ebanista de gran talla, acuarelista y Director de la Escuela de Bellas Artes, mantuvo a flote el plantel a pesar del poco auge que se le daba a estas asignaturas; Epardo con una familia de artistas universitarios que igual bregaban en la plástica tanto como en la música, Diez Marina, una especie de Dalí, por lo menos en apariencia, que a su manera aportaba una visión del arte contemporáneo y Rodríguez, soñador enamorado del Surrealismo. Todos, más allá de la critica y los gustos estilísticos, temáticos y técnicos, formaron una plataforma para construir y consolidar lo que ahora se tiene.

Mención especial merecen, el Maestro Jesús Rodríguez de la Vega, que en su taller formó “a quienes quieren hacer las cosas en serio y tienen talento”; ejemplo de estas primeras enseñanzas en su carrera es Gerardo Esquivel, agarrado de la mano de Rodríguez aprendió acerca de las dificultades de hacer un esfuerzo serio y el ingrato ejercicio de aceptar la crítica.

Jesús Águila Herrera, con talento y oficio poderosos, lleno de matices del alba y el ocaso, enseñará a quienes sepan observar cuidadosamente, el verdadero tratamiento de las atmósferas heredadas por Atl, la magia de los cielos del Bajío y los pormenores de la aplicación del agua sobre el papel y el tratamiento de sombras y esfumados en paisajes y monumentos de su Querétaro de siempre.

En una realidad paralela a la de los maestros de entonces, se desarrollaban jóvenes talentos que empezaban a sentir ahogo en los espacios tradicionales para el desarrollo de sus intereses. La escuela era demasiado esquemática para quienes sabían lo que sucedía fuera de sus consabidos límites; querían estar en sintonía con el arte contemporáneo que tampoco desataba sus pasiones hacia una corriente específica como la abstracción ya consolidada en Europa. Tampoco les resultaba cómoda la postura de un hiperrealismo aburrido y anacrónico.

Ellos eran queretanos y habían crecido en la tradición de los Marianos escultores, los carros de las posadas y los altares de muertos. La tradición era suya tanto como los buñuelos, las campanas del centro, los moriscos de Santa Rosa o la procesión del silencio. Barrocos a su manera, abogaban por las mojigangas y los zanqueros y buscaban un lugar fuera del aula pero dentro de los talleres de la Casa de la Cultura, fundada por el Maestro Serrano y que en tiempos del Arquitecto Calzada, era dirigida oficialmente por Lupita De Allende, quien brindaba espacios para grandes hombres de la cultura en este país, junto con su poeta hermana Paula, para hacer de Querétaro, una especie de rincón mágico en el mosaico nacional donde grandes intelectuales venían a compartir lo que sabían y anhelaban. Se embelesaban con el cielo y no era raro encontrar a Juan José Arreola vagando por las calles, envuelto en su capa dragona y sombrero cordobés o a Juan de la Cabada en una charla de amigos en la Casa de Ecala o al joven Cuevas hablando de su bestiario en una tierra en la que sus obras eran consideradas como “monos”, mismos que una decena de años después fueron colgados y reconocidos en el segundo aniversario del Museo de Arte.

Era una época en la que la investigación histórica era más un buen deseo que una disciplina seria, que sin embargo fue atendida de la mejor manera, por los eruditos queretanos de antes como el Lic. Manuel Septién y Septién, el Lic. Guadalupe Ramírez Álvarez, José Rodríguez Familiar, Valentín Frías, además de la sal y la pimienta del Profe Loarca, tan recordado por todos.

No obstante, la disciplina de la investigación se imponía como especialidad y Carlos Arvizu se fue a Francia para obtener su Doctorado por la Sorbona y regresó a su natal ciudad a realizar investigaciones bajo la nueva lupa del rigor de la documentación. Junto con él dos importantes investigadores agregaron datos a lo ya estudiado: John Super y David Wright; sin olvidar a un gran queretano, investigador y absoluto benefactor del arte en todas sus expresiones: Manuel Herrera Castañeda.

En medio de todo este movimiento lo increíble era que no existían apoyos para los jóvenes. Gerardo Esquivel y Julio Castillo, realmente sobrevivieron como pudieron, sin becas, sin escuelas que toleraran el modus vivendi de los artistas, con tanto por decir y pertenecientes a una minoría con más ganas de vivir que argumentos para la discusión, ambos salieron en la primera oportunidad para Holanda. Junto con ellos habría que pensar en Flor Garduño que como pudo se fue a Paris y se quedó allá por 20 años; Julio César Cervantes, que dentro de la Casa de la Cultura Dr. Mena, ayudó a docenas de jóvenes a trabajar la serigrafía y a perder el miedo de meterse con los aparatos a probar suerte. Alfredo Juárez que se fue a España y no ha vuelto.

Estos sencillos ejemplos por todos conocidos, sirven para demostrar que el fenómeno migratorio, tan en boga en estos tiempos, hace mucho que existe en el campo del arte: Hay quienes migran para no volver y hacen su trayectoria lejos de sus lugares de origen, como Erika Harrsch, nacida en el DF, que vivió un largo período en Querétaro donde inició formalmente su carrera, se fue a San Miguel de Allende y desde hace más de 10 años vive en New York, convertida en habitante de todo el mundo como sus celebérrimas mariposas.

Otros, se van, vuelven y son vistos como inmigrantes. Carlos de Olarte, radicado en Europa ha regresado y vuelve a partir. Artistas muy consolidados como Jordi Boldó, han nacido en otro país y no sólo han vivido en México, sino que han hecho de Querétaro su casa y su sede desde donde manejan su carrera completa. Por supuesto que artistas como Jordí han logrado un importante lugar en Querétaro, por su calidad plástica y honestidad con su arte que aguanta batallas y empellones sin menguar en su convicción plástica.

Tenemos queretanos de sepa, como Rubén Maya, salió, estudió, ha buscado su expansión, en ya muchas partes del mundo y siempre vuelve a su tierra, pareciera, a nutrirse de la tradición, a aprender la lucha por hacerse un espacio en su lugar de origen, donde su arte ha crecido a pesar, quizá de la incomprensión de su arte.

Por supuesto que hay muchos artistas que han encontrado un nuevo lugar en el espacio al llegar motivados por la generosidad de Querétaro, que los recibe, ahora con una mentalidad abierta y espacios destinados para que su trabajo cuente con escenarios dignos. Pedro Urbina es quizá alguien con un gran peso específico que pertenece a este grupo, junto con Fernando Garrido y Víctor Cauduro, que algo han encontrado en esta tierra que no los ha dejado partir.

Estos artistas son esencia viva de la movilidad poblacional y sin embargo, todavía no han sido permeados por los temas de la migración sino por la experiencia de buscar nuevos confines.

El sexenio del gobernador Lic. Mariano Palacios Alcocer fue determinante para todo lo que ahora vemos en el mundo de la plástica en Querétaro.

Hacía falta un gobierno con un proyecto cultural preciso y claro. El de él consideraba la cultura como base del bienestar social, muy lejos de la beneficencia pública, que es algo completamente distinto.

El proyecto tenía cuatro ejes de acción: Preservación y conservación de monumentos históricos; Servicios Culturales; Promoción y Difusión Cultural y Labor Editorial (Memoria 1989 – 1991, p. 7).

A partir de estos planteamientos se restauraron edificios como el exconvento de San Agustín para establecer allí el Museo de Arte de Querétaro, entre otros; Los Servicios Culturales permitieron que contáramos con redes de bibliotecas y casas de cultura, así como la Galería Libertad y la Fernando Gamboa; la Promoción y difusión de la cultura obligó a ser congruentes con la Federación, el Estado y los Municipios así como con las instituciones y la Iniciativa Privadas. Eso nunca antes se había tenido en Querétaro.

De esta manera, el ambiente cultural en Querétaro era envidiable y fue la razón de que muchos artistas se vinieran a radicar a Querétaro. Sin embargo, hay que decir que la mayoría de ellos, son artistas colocados en el mercado del arte y que desde aquí realizan todas sus transacciones. Ejemplo vivo es Santiago Carbonell, catalán de sangre, ecuatoriano de nacimiento y queretano de residencia.

Una base muy importante para que el campo del arte sea fértil, es la educación; que encaminada principalmente hacia los jóvenes, en Querétaro tuvo un gran vuelco cuando la UAQ concedió la categoría de Facultad a la antigua escuela de Bellas Artes. En este momento, muchas son las generaciones de estudiantes que han egresado, cambiando por completo el panorama de las artes visuales en el Estado y la Región.

Los jóvenes han encontrado una posibilidad de seguir una carrera universitaria en el campo de su predilección y buscar un trabajo que les permita vivir. Asimismo, tanto para los recientemente egresados como para muchos profesionales adultos, la opción de la Maestría en Arte, ha permitido, que si bien no encuentren todos un trabajo de críticos de arte, si se desempeñen en los museos, dando clases o trabajando investigaciones por su cuenta, que han hecho que el ambiente de la plástica cuente con un público más preparado, capaz de valorar las nuevas expresiones del arte, muy lejos de aquellos públicos que por belleza aceptaban sólo y exclusivamente lo que la Academia establecía.

El arte en Querétaro, ha evolucionado, tal vez no hasta la cumbre pero sí ha escalado peldaños que nos permiten una mayor comprensión de las necesidades de expresión de las nuevas generaciones.

Sin embargo, es cierto también que después de un gobierno comprometido con la cultura, el arte y el bienestar social, la atmósfera cultural en Querétaro, se ha mantenido más como una inercia del equipamiento conseguido y los presupuestos más o menos mantenidos que como una renovada convicción de hacer de la cultura un eje de interés gubernamental, lejano al de la concepción de la cultura como un estatus para pocos privilegiados.

Ciertamente los públicos han cambiado y es el Museo de la Ciudad el espacio más versátil, comprometido y socorrido, sobre todo por la gente joven que encuentra un lugar adecuado para sus nuevos intereses. No es dudable la labor que el museo ha hecho en beneficio de la educación que todos los queretanos hemos recibido en materia de artes plásticas contemporáneas.

El tradicional Museo Regional, ha mantenido su calidad y vocación de difundir los aspectos antropológicos, históricos y sociales de la entidad, con el nuevo implemento de incluir, eventualmente, exhibiciones de arte que refrescan al museo y su público. Y el Museo de Arte, ha continuado con una línea de trabajo que se reserva esencialmente, para artistas con trayectoria y no rigurosamente de las más actuales vanguardias, con buena calidad y su espacio insuperable.

Las galerías oficiales se han incrementado y su trabajo no tiene fin, pero tampoco muy clara la vocación comercial de la galería que podría ser de gran impulso para los artistas.

Si se revisan ahora los catálogos de artistas residentes en el Estado, veremos que se han incrementado de manera sorprendente y eso es una gran satisfacción, pero algo está pasando porque llegan a vivir y venden fuera o se educan como para salir a perfeccionarse y probar suerte en otras partes.

La razón evidente es la falta de mercado porque no tienen dónde colocar sus productos. En Querétaro hay buenos espacio, tanto públicos como privados, para la exhibición; pero el mercado del arte es muy precario.

No hay colecciones privadas serias y las que existen, obedecen más al gusto que al conocimiento o a la idea de inversión. Los grandes capitales no han sido invertidos en obras de arte como ha sucedido en tantos países, incluso víctimas de las guerras.

El arte público, tampoco ha sido desarrollado plenamente. Antiguamente la vida de la sociedad tenía los límites de la intimidad muy bien marcados dentro de los muros del hogar; pero el resto de la vida se desarrollaba en la calle. Las plazas públicas eran para el esparcimiento de las todas las clases sociales, la asistencia al teatro, la zarzuela o las tertulias era habito para los ciudadanos que conformaban una sociedad participativa y exigente; que se guardaba el placer de la plástica a los tiempos de oración en los templos.

Ahora, la gente asiste a las plazas comerciales características de su nivel de poder adquisitivo, allí encuentran su diversión. Los espacios públicos se han quedado, en su mayoría, para las clases populares que abrevan lo que se les manda y lo que se les manda no educa los sentidos, simplemente, mueve a las masas.

Los museos y galerías, se llenan en los días de inauguraciones y son visitados en su mayoría, por visitantes foráneos. Sus públicos son reducidos a pesar de sus esfuerzos porque el gran público cree que con una visita basta. La visita asidua a estos lugares, no forma parte de la educación desde la infancia.

Es ingrato pensar que cuando la industria ha logrado consolidarse, los beneficios logrados son méritos para la inversión pero no para favorecer la cultura. Sobre todo si no se cree que la cultura da status o que podemos manipularla a nuestro entender, para ver, para escuchar, para comprender en la escena o aceptar que las piruetas dancísticas no pertenecen al Cascanueces y además, que sirva como pretexto para entendernos con los de “nuestra clase”.

El ejemplo del Tec de Monterrey que ha empezado a adquirir obras de arte para su campus es sobresaliente porque le ha dado la mano a expresiones poco tradicionales, pero de gran calidad para que sus alumnos convivan cotidianamente con el arte, que en mucho ayudará a moldear la enseñanza adquirida en el plantel.

Que más empresas le den la cara al arte, representará un tanque de oxígeno para que nuestros artistas salgan, compartan lo que saben y asimilen lo que desconocen, para que regresen y sigan proyectando cada vez más y mejor su esencia sin imitaciones ni ocultamientos.

Falta disciplina y convicción para comprometernos con el arte, pero Querétaro es una tierra fértil para desarrollar talentos.

Margarita Magdaleno Rojas.

Santiago de Querétaro, Diciembre 2015.

 


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