Alguien habita

Alguien habita. Es lo primero que se me ocurre pensar al mirar la obra de KIYOTO OTA. Alguien habita allí dentro porque al ejercer el don de la contemplación recuerdo el principio de la existencia de la religión shintoista, la más antigua de Japón, en la que se plantea que el mundo del SHINTO está habitado por miles de KAMI o espíritus que pueblan los objetos con extrañas características trascendentales.

Viene mi a mente el recuerdo del gran arquitecto japonés Kenzo Tange, quien durante la transición de la década de los setenta a los ochenta, vino a México a un Congreso Internacional de Arquitectos. La arquitectura japonesa, sobria y minimalista se había puesto de moda por su capacidad de diálogo entre el espacio y los usuarios.

El Arquitecto Tange era la punta de una lanza dirigida al mundo entero y México no era la excepción para recibir estas innovaciones tan atractivas que contrastaban con el espíritu de lo mexicano, ancestral como el mundo precolombino, que en algún punto muy lejano a nosotros, se toca en estoicismo, algunas características físicas, sobre todo en los pueblos de los ahora estados de Veracruz y Oaxaca y la melancolía, intrínsecas también a los pueblos asiáticos.

Ya desde 1968, con motivo de los XIX juegos olímpicos, el Arquitecto Pedro Ramírez Vázquez convocó a los países participantes para que donaran una obra escultórica de carácter urbano y gran valor plástico que los representara en una ruta de acceso a la ciudad de México: el Anillo Periférico, donde ya existía el primer conjunto escultórico, de Mathías Goeritz y Luis Barragán, conocido como las Torres de Satélite junto con otra obra, que sin ser la última, si formaría parte de la ruta, ubicada en el exterior del flamante Estadio Azteca del escultor Alexander Calder.

Así llegó a México la escultura “Esferas” de Kiroshi Takahashi, ubicada en la 4ª Estación de la Ruta de la Amistad. Este artista, después de su éxito en la ruta, decidió ubicarse de manera permanente en la ciudad de Jalapa, Veracruz. Ambiente más que adecuado para artistas de gran sensibilidad y que junto con valiosos mexicanos, han hecho de esa ciudad un hito en la cultura contemporánea de este país.

Con esta generación llegó KIYOTO OTA para estudiar la Maestría en La Escuela de la Esmeralda e integrarse posteriormente al trabajo de algunas instituciones mexicanas, con becas y contratos importantes que le permitieron, desde 1972, establecerse en la ciudad de México, donde formó su familia y echó raíces en su trabajo y vida personal.

El Maestro OTA, nace en Nagasaki en 1948, apenas pasado el desastre de la bomba atómica.

Difícil pensar que quienes han estado tan cerca de hechos de esa magnitud, no hayan incluido el valor del dolor y la introspección a una cultura, ya de por sí, profunda, que sin embargo, ha buscado siempre la esencia de la vida para renacer. De manera similar al pueblo mexicano que después de haber desarrollado la gran cultura prehispánica, no tuvo menos que asumir la española hasta llegar a la justa mezcla de tradiciones propias y ajenas que nos recomponen hasta llegar a ser lo que ahora somos, con ejemplos de vida ancestrales y horizontes futuros de enorme diversidad.

KIYOTO OTA, vive en esta especie de mundo nuevo, con la sencillez que lo caracteriza, emblemática del Zen, concibiendo objetos estéticos que entre su inteligencia y corazón se convierten en obras de arte escultóricas.

Él sabe que los materiales como la madera y la piedra poseen una energía propia que los presenta como seres vivos, como partes del cuerpo humano.

Y no es que la energía entre en ellos, como si se tratara de moldes que la contienen, sino porque son elementos vivos, nos pueden contener a quienes màs que observar nos ubicamos en el interior, mezclándonos con la parte energética de la escultura.

Son obras que nos llevan a anidar en el elemento vivo de la escultura con la que interactuamos, aunque nuestro acercamiento obedezca a la simple curiosidad de asomarnos, sin entender mucho esos adentros de los que ya formamos parte.

La obra, de esta manera, se convierte en una pequeña acción arquitectónica. Una obra de arte de doble género: escultura y arquitectura, hermanadas por el espacio que las contiene y les da sentido. Continente y contenido al mismo tiempo. Volumen escultórico y penetrable al unísono.

Es la concentración pura , el animus, el alma, la que habita dentro de la escultura, que no puede pasar desapercibida porque lleva algo nuestro y gustamos de ella como gustamos de nosotros mismos.

Difícil circunscribir a un término el trabajo de este artista.

Él pertenece al mundo de las ideas, la parte humana visible o invisible y podría pensarse en un humanismo minimalista y poético, si es que existe tal concepto, más cercano a la posmodernidad que al simple minimalismo estructural.

KIYOTO OTA trabaja meticulosamente en encontrar la forma escultórica del útero materno, pero también en la manera de representar la vida de las fibras corporales.

No se trata de una imitación de la realidad sino de una interpretación estética de la vida misma.

Esta nueva realidad creada por él, necesitaba un término, también de su creación: UTERUZ, inexistente pero necesaria para nombrar lo que ha creado.

Memorable es una instalación que el maestro OTA realizó en el Parque Ecológico de Tepotzotlán, donde encontró una agrupación de unos seis árboles de antaño y muchas varas caídas de otros árboles, que KIYOTO cortó cuidadosamente en fragmentos de 10 cms cada uno, contados por miles; tantos como para conformar un inmenso nido albergado en la fronda de todos los árboles, listo para recibir la energía ovoide del cielo seguramente. Al ver la obra, quedaba claro el talento, paciencia y disciplina del Maestro, dispuesto a conjuntar a la naturaleza misma, de una manera nunca antes vista.

En otra de sus piezas, presentada en esta muestra, imagina al viento antes que atraparlo, que si no es representado por el Eolo griego, no puede ser figurativo ni hiperrealista porque sería como querer intentar reproducir el vacío de un sólido lleno de energía.

El arte de este artista, está rescatado de la reproducción inútil que intenta volver a crear lo ya creado. Su propuesta es diferente a la de la naturaleza; sin embargo, la alusión a los elementos: aire, agua, tierra y fuego es permanente, sin olvidar por supuesto, el agregado metal, como quinto elemento, que se convierte escultóricamente en contenedor y no en contenido. Su lenguaje plástico es completamente autónomo, dotado de símbolos propios llenos de riqueza visual.

Cuando KIYOTO OTA trabaja hacia el interior de sus piezas, es de su interés, borrar por completo cualquier referencia o semejanza con el exterior. Estas piezas deben mantener su independencia material tanto como espiritual.

En cierto sentido, aquí el escultor es un ilusionista creador de emociones de carácter plástico.

Las técnicas que emplea son muy variadas y dignas de un gran maestro que gracias a su sencillez demuestra la calidad del oficio que tiene y la experiencia que lo soporta.

Un ejemplo de ingenio y profunda paciencia es el uso de “listones” de madera, trabajados uno por uno, hasta lograr una colocación de elementos alternados de manera premeditada, buscando en todo momento la integración de la luz y el viento que atraviesan la solidez de la madera.

Si tuviéramos que encontrar formas reiterativas, deberíamos identificar las multifacéticas esferas, por ser éstas las de máxima capacidad de energía siempre en equilibrio, que permiten crear un ambiente de saciedad y curación, como sucede con su pieza reina: UTERUZ, de la que no es difícil pensar que se trata de la propia experiencia grabada en el inconsciente del útero materno, “esa cueva interna de espacio esférico que da tranquilidad”, según las palabras del escritor y poeta Alberto Ruy Sánchez.

Estamos frente a un artista, que se antoja de ciencia ficción, sin serlo. Es un creador de formas y espacios y sabe cómo transformar la materia.

Cuando la tradición popular dice que “el espacio es sinónimo de poder”, es fácil de comprender si admiramos esta especie de arte total que es la escultura.

 

         Margarita Magdaleno Rojas

Santiago de Querétaro, junio de 2012.


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